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Juan Pablo Roncoroni, Villa Gesell. Tengo varios blogs que versan sobre distintas cosas... la cerveza, el placer de viajar con mi mujer y mis hijos... y otros temas.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Los siete platos de arroz con leche


Autor: Lucio V. Mansilla

Lucio Y. Mansilla, sobrino carnal de Rosas, recibe en Londres la noticia del pronunciamiento de Urquiza. En diciembre de 1851 llega a Buenos Aires. Sombrero de copa, levita muy laga y pantalón muy estrecho. «Ha llegado el niíío Lucio». Urquiza está en camino. -¿Y cómo está mi tío?» «¿Y cómo está Manuelita?», pregunta el recién venido. Al día siguiente monta a caballo y va a pedir la bendición a su tío. Llegado allá, pregunta naturalmente por su prima. -La niña está en la quinta.» En efecto, en el llamado jardín de las magnolias está Manuelita rodeada de un gran séquito de admiradores, unos de pie, los otros sentados sobre el césped, «pero ella tenía a su lado, provocando las envidias federales y haciendo con su gracia característica, todo ameleochado, el papel de cavaliere servente», al sabio jurisconsulto don Dalmacio Vélez Sársfield». Palermo no es el centro social repugnante que dicen los enemigos, aunque el Restaurador campea allí con sus bufones y su extraordinaria ordinariez. «Rozas no es «un temperamento libidinoso, sino un neurótico obsceno.» Pero su hija es pura y afable. -Llegar, verme Manuelita y abrazarme, fué todo uno.» Vuelven a los salones. El recién llegado pide ver a su tío. Su prima sale para volver al rato. «Ahora te recibirá.» El joven Lucio, que ha rehusado un asiento en la mesa, porque debe volver a cenar en su casa, espera. Sigue esperando varias horas... La mirada de su prima contesta., «Ten paciencia. Ya sabes lo que es tatita.» Regresa de nuevo, conduce al postulante a través de muchas estancias, diciéndole al fin: «Voy a decirle a tatita». La pieza, sin alfombras, muestra lucientes baldosas, en una esquina, junto a una mesita de noche colorada, una cama de pino colorada con colcha de damasco colorado; en medio, una mesita de caoba con carpeta de paíío grana entre dos sillas de esterilla coloradas...
Yo me quedé en pie, conteniendo la respiración, como quien espera el santo advenimiento; porque aquella personalidad terrible, producía todas las emociones del cariño y del temor. Moverme, habría sido hacer ruido, y cuando se está en el santuario
todo ruido es como una profanación, y aquella mansión era, en aquel entonces, para mí, algo más que un santuario.
Reinaba un profundo silencio, en mi imaginación al menos; los segundos me parecían minutos, horas los minutos. Mi tío aparece: era un hombre alto, rubio, blanco, semipálido, combinación de sangre y de bilis, un cuasi adiposo napoleónico, de gran talla, de frente perpendicular, amplia, rasa como una plancha de mármol fría, lo mismo que sus concepciones; de cejas no muy guarnecidas; poco arqueadas, de movilidad difícil; de mirada fuerte, templada por lo azul de una pupila casi perdida por lo tenue del matiz, dentro de unas órbitas escondidas en concavidades inson- dables; de nariz grande, afilada y correcta, tirando más al griego que al romano; de labios delgados, casi cerrados, como dando la medida de su reserva, de la firmeza de sus resoluciones; sin pelo de barba, perfectamente afeitado, de modo que el juego de sus músculos era perceptible... Agregad a esto una apostura fácil, recto el busto, abiertas las espaldas, sin esfuerzo estudiado, una cierta corpulencia del que toma su embonpoint, un traje que consistía en un chaquetón de pafio azul, en un chaleco colorado, en unos pantalones azules también; afíadid unos cuellos altos, pun- tiagudos, nítidos y unas manos perfectas como formas, y todo lim- pio hasta la pulcritud -y todavía sentid y ved, entre una sonrisa que no llega a ser tierna, siendo afectuosa, un timbre de voz simpático hasta la seducción- y tendréis la vera efigies del hombre que más poder ha tenido en América
Así que mi tío entró, yo hice lo que habría hecho en mi primera edad: crucé los brazos y le dije, empleando la fórmula patriarcal, la misma, mismísima que empleaba con mi padre, hasta que pasó a mejor vida:
-La bendición, mi tío.
Y él me contestó:
-¡Dios lo haga bueno, sobrino!
Sentóse incontinenti en la cama, que antes he dicho había en la estancia, cuya cama (la estoy viendo), siendo muy alta, no permitía que sus pies tocaran en el suelo, e insinuándome que me sentara en la silla que estaba al lado.
Nos sentamos... Hubo un momento de pausa, que él interrumpió, diciéndome:
-Sobrino, estoy muy contento de usted...-
Es de advertir que era buen signo que Rozas tratara de usted; porque cuando de tú trataba, quería decir que no estaba contento de su interlocutor, o por alguna circunstancia del momento fingía no estarlo.
Yo me encogí de hombros, como todo aquél que no entiende el por qué de su contentamiento.
-Sí, pues -agregó-, estoy muy contento de usted (y esto lo decía balanceando las piernas que no alcanzaban al suelo, como ya lo dije), porque me han dicho -y yo había llegado recién el día antes. ¡Qué buena no sería su policía!- que usted no ha vuelto agringado.
Yo había vuelto vestido a la francesa, eso sí, pero potro americano hasta la rnedula de los huesos todavía, y echando unos ternos que era cosa de taparse las orejas
Yo estaba ufano. No había vuelto agringado. Era la opinión de mi tío.
-¿Y cuánto tiempo ha estado usted ausente? - agregó él. Lo sabía perfectamente. Había estado resentido; no, mejor es la palabra «enojado», porque diz que me habían mandado a viajar sin consultarlo. Comedia.
Cuando mi padre resolvió que me fuera a leer en otra parte el Contrato Social, veinte días seguidos estuve yendo a Palermo sin conseguir verlo a mi ilustre tío.
Manuelita me decía, con su sonrisa siempre cariñosa:
-Dice tatita que mañana te recibirá.
El barco que salía para Calcuta estaba pronto. Sólo me esperaba a mí. Hubo que empezar a pagarle estadías. Al fin mi padre se amostaz6 y dijo-.
-Si esta tarde no consigues despedirte de tu tío, mañana te irás de todos modos; ya esto no se puede aguantar.
Mas esa tarde sucedió la que las anteriores: mi tío no me recibió. Y al día siguiente yo estaba singlando con rumbo a los hiperbóreos mares.
Sí, el hombre se había enojado; porque, algunos días después, con motivo de un empeño o consulta que tuvo que hacerle mi madre, él le arguyó:
-Y yo, ¿qué tengo que hacer con eso? ¿Para qué me meten a mí en sus cosas? ¿No lo han mandado al muchacho a viajar, sin decirme nada?
A lo cual mi madre observó:
-Pero, tatita (era la hermana menor y lo trataba así), si ha venido veinte días seguidos a pedirte la bendición, y no lo has recibido - replicando él:
-Hubiera venido veintiuno.
Lo repito: él sabía perfectamente que iban a hacer dos años que yo me había marchado, porque su memoria era excelente. Pero, entre sus muchas manías, tenía la de hacerse el zonzo y la de querer hacer zonzos a los demás. El miedo, la adulación, la ignorancia, el cansancio, la costumbre, todo conspiraba en favor suyo, y él en contra de sí mismo.
No se acabarían de contar las infinitas anécdotas de este complicado personaje, señor de vidas, famas y haciendas, que hasta en el destierro hizo alarde de sus excentricidades. Yo tengo una inmensa colección de ellas. Baste por hoy la que estoy contando.
Interrogado, como dejé dicho, contesté:
-Van a hacer dos años, mi tío.
Me miró y me dijo:
-¿Has visto mi Mensaje?
-¿Su Mensaje? -dije yo para mis adentros-. ¿Y qué será esto? No puedo decir que no, ni puedo decir que sí, ni puedo decir qué es. . . - y me quedé suspenso.
El, entonces, sin esperar mi respuesta, agregó:
Baldomero García, Eduardo Lahite y Lorenzo Torres dicen que ellos lo han hecho. Es una botaratada. Porque así, dándoles los datos, como yo se los he dado a ellos, cualquiera hace un Mensaje. Está muy bueno, ha durado varios días la lectura en la sala. ¿Qué? ¿No te han hablado en tu casa de eso?
Cuando yo oí lectura, ernpecé a colegir, y como desde niño he preferido la verdad a la mentira (ahora mismo no miento sino cuando la verdad puede hacerme pasar por cínico), repuse instantánearnente:
-¡Pero, mi tío, si recién he llegado ayer!
-¡Ah!, es cierto; Pues no has leído una cosa muy interesante; ahora vas a ver - y esto diciendo, se levantó, salió y me dejó solo.
Yo me quedé clavado en la silla, y así como quien medio entiende (vivía en un mundo de pensamientos tan raros), vislumbré que aquello sería algo como el discurso de la reina Victoria al Parlamento, ¿pues, qué otra explicación podría encontrarle a aquel «ahora vas a ver»?
Volvió el hombre que, en vísperas de perder su poderío, así perdía el tiempo con un muchacho insubstancial, trayendo en la mano un mamotreto enorme.
Acomodó simétricamente los candeleros, me insinuó que me sentara en una de las dos sillas que se miraban, se colocó delante de una de ellas de pie, y empezó a leer desde la carátula, que rezaba así -
-«iviva la Confederación Argentina!» --¡Mueran los Salvajes Unitarios!.
--¡Muera el loco traidor, salvaje Unitario Urquiza!-
Y siguió hasta el fin de la página, leyendo hasta la fecha 1851, pronunciando la ce, la zeta, la ve y be, todas las letras, con la afectación de un purista.
Y continuó así, deteniéndose de vez en cuando, para ponerme en aprietos gramaticales con preguntas como éstas - que yo satisfacía bastante bien, porque, eso sí, he sido regularmente humanista, desde chiquito, debido a cierto humanista, don Juan Sierra, hombre excelente, del que conservo afectuoso recuerdo-
-Y aquí, ¿por qué habré puesto punto y coma, o dos puntos, o punto final?
Por ese tenor iban las preguntas, cuando, interrumpiendo la lectura, preguntóme:
-¿Tiene hambre?
Ya lo creo que había de tener; eran las doce de la noche y había rehusado un asiento en la mesa al lado del doctor Vélez Sársfield, porque en casa me esperaban. . .
-Sí - contesté resueltamente. Pues voy a hacer que te traigan un platito de arroz con leche
El arroz con leche era famoso en Palermo, y aunque no lo hubiera sido, mi apetito lo era; de modo que empecé a sentir esa sensación de agua en la boca, ante el prospecto que se me presentaba de un platito que debía ser un platazo, según el estilo criollo y de la casa.
Mi tío fué a la puerta de la pieza contigua, la abrió y dijo- -Que traigan a Lucio un platito de arroz con leche.
La lectura siguió.
Un momento después, Manuelita misma se presentó con un enorme plato sopero de arroz con leche, me lb puso por delante y se fué.
Me lo comí de un sorbo. Me sirvieron otro, con reguntas y respuestas por el estilo de
las apuntadas, y otro, y otros, hasta que yo dije: -Ya, para mí, es suficiente.
Me había hinchado; ya tenía la consabida cavidad solevantada y tirante como caja de guerra templada; pero no hubo más; siguieron los platos - yo comía maquinalmente, obedecía a una fuerza superior a mi voluntad...
La lectura continuaba.
Si se busca el Mensaje ése, por algún lector incrédulo o curioso, se hallará en él el período que comienza de esta manera: «El Brasil, en tan punzante situación». Aquí fuí interrogado, preguntándoseme -
-¿Y por qué habré puesto punzante?
Como el poeta pensé - que en mi vida me he visto en tal aprieto. Me expliqué. No aceptaron mi explicación. Y con una retórica gauchesca, mi tío me rectificó, demostrándome cómo el Brasil lo había estado picaneando, hasta que él había perdido la paciencia, rehusándose a firmar un tratado que había hecho el general Guido. . . Ya yo tenía la cabeza como un bombo - y lo otro tan duro, que no sé cómo aguantaba.
El, satisfecho de mi embarazo, que lo era por activa y por pasiva, y poniéndome el mamotreto en las manos, me dijo, despidiéndome:
-Bueno, sobrino, vaya nomás y acabe de leer eso en su casa -agregando en voz más alta-: Manuelita, Lucio se va.
Manuelita se presentó, me miró con una cara que decía afectuosamente -Dios nos dé paciencia» y me acompañó hasta el corredor, que quedaba del lado del palenque, donde estaba mi caballo.
Eran las tres de la mañana.
En mi casa estaban inquietos, me habían mandado buscar con un ordenanza.
Llegué sin saber cómo no reventé en el camino.
Mis padres no se habían recogido.
Mi madre me reprochó mi tardanza con ternura. Me excusé diciendo que había estado ocupado con mi tío.
Mi padre, que, mientras yo hablaba con mi madre, se paseaba meditabundo viendo el mamotreto que tenía debajo del brazo, me dijo:
-¿Qué libro es ése?
-Es el Mensaje que me ha estado leyendo mi tío... -¿Leyéndotelo?. . . -Y esto diciendo, se encaró con mi madre y prorrumpió con visible desesperación-: ¡No te digo que está loco tu hermano!
Mi madre se echó a llorar.
(Algún tiempo después de esta ocurrencia, el general Mansilla y su hijo Lucio, de paso para Francia, visitan a su pariente en su destierro de Southampton. Con Rozas, siempre de chaleco colorado, están allí su hijo Juan y su esposa, Manuelita, Terrero y un negrito a quien el amo apoda Míster. Manuelita, que anda aún con su moño colorarlo, y a quien elgeneral Mansilla observa que «ese parche colorado no está bien-, contesta: -No me lo sacaré mientras no me lo manden». Un día, mientras el general y Manuelita están de sobremesa, el joven Lucio, por pedido de aqueIla, va a entretener a su tío, que ha ido a sentarse solo, en una salita próxima. Ambos callan, observándose muy al disimulo. El ex dictador habla al fin.
-¿En qué piensa, sobrino?
-En nada, señor.
-No, no es cierto; estaba pensando en algo.
-No, sefíor. ¡Si no pensaba en nada!
-Bueno, si no pensaba en nada cuando le hablé, ahora está pensando ya.
-¡Si no pensaba en nada, mi tío!
-Si adivino, ¿me va a decir la verdad?
Me fascinaba esa mirada que leía en el fondo de mi conciencia, y maquinalmente, porque habría querido seguir negando, contesté:
-Sí.
-Bueno -repuso él-, ¿a que estaba pensando en aquellos platitos de arroz con leche, que le hice comer en Palermo, pocos días antes de que el «loco» (el loco era Urquiza) llegara a Buenos Aires?
Y no me dió tiempo para contestarle, porque prosiguió-
-¿A que cuando llegó a su casa a deshoras, su padre (e hizo con el pulgar y la mano cerrada una indicación hacia el comedor) le dijo a Agustinita: no te digo que tu hermano está loco?
No pude negar, queriendo; estaba bajo la influencia del magnetismo de la verdad - y contesté, sonriéndome:
-Es cierto.
Mi tío se echó a reír burlescamente.

Lucio V. Mansilla, Los siete platos de arroz con leche , Buenos Aires, EUDEBA, 1963.

Fuente: http://www.elhistoriador.com.ar/
 

domingo, 20 de noviembre de 2011

Gatos

El interno de la celda 34, antes de habitarla parecía una persona normal, con una familia normal y un trabajo normal. Pasaba sus días rutinariamente cómo un empleado postal gris e insignificante. Era un hombre diminuto, picado de viruela, con una calvicie incipiente y de una edad indefinida. En el trabajo jamás nadie gastaba un minuto en observarlo o en darse cuenta de que existía. Se movía silencioso y era casi un fantasma, su jefe nunca lo reprendía, pero tampoco consideraba ascenderlo o aumentarle el sueldo. Su tarea era poco importante, pero alguien tenía que hacerla.   
Al atardecer sufría una metamorfosis, ya en el tren de regreso a casa se lo comenzaba notar nervioso, las manos le temblaban y su cara era poseída por un tic que no lograba dominar. Cuando llegaba a su hogar, saludaba distraída y displicentemente a su esposa, nadie sabía porque estaban juntos, pero tampoco a nadie le importaba. Luego bajaba al sótano, su refugio repleto de humedad y libros cargados de misticismo. Tenía varias ediciones del Malleus Maleficarum (El Martillo de las Brujas) y de otros manuales de la Santa a Inquisición. Todos los días leía un largo rato alguno de estos volúmenes y luego ponía manos a la obra.  Lo obsesionaban los gatos, creía que estaban poseídos por almas malignas. Según decía,  los felinos eran habitados por demonios íncubos y súcubos.  Anotaba en un cuaderno los tipos de gatos, sus pelajes, grado de peligrosidad y exorcismo a aplicar. Se había propuesto una ardua tarea… exterminarlos. Al caer la noche, se desnudaba  y se refregaba el cuerpo con agua bendita. Acto seguido, luego de vestirse con una túnica para la ocasión, tomaba las armas y salía de casería. Siguiendo el procedimiento programado en sus anotaciones se dedicaba hasta altas horas a inmolar inocentes mininos haciendo uso de armas de fuego, cuchillos, palos o tachos donde los ahogaba. Todas las noches eran iguales. Pero hubo una diferente, fue aquella en que su mujer ya harta de sus rarezas le dijó:
- Idiota, ya que matas tantos gatos…. ¿Por qué no me matas a mí?
La pistola calibre 45 no dejó de disparar hasta que se vació el cargador, el exorcista tenía muy buena puntería porque practicaba todas las noches, todos los plomos se alojaron en el cuerpo de la mujer.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Un regalo es un regalo…

Nunca es lo que vos esperas
llega en un momento inoportuno
ya tenes dos, y ahora van tres
odias la esencia de frutilla y preferías coco
ese chocolate es muy amargo o empalagoso
no es tu talle y paso de moda
te da vergüenza salir a la calle con eso
aumenta tu figura y es ridículo
huela a Pinolux y no a Paco Rabanne
no cabe en ningún rincón de la casa
se hace pis y ladra todo el tiempo
es inútil y jamás lo vas usar
es demasiado barato y berreta
o demasiado caro y ostentoso
no hace juego con los sillones
a vos no te gustan esas cosas
definitivamente es mersa
zafaría si no dijera recuerdo de Mar del plata
Pero un regalo es un regalo
es todo un gesto, un detalle
alguien te aprecia,
o más aun…te ama
y se acordó de vos. 
 

lunes, 31 de octubre de 2011

La Alegría

La alegría de unos,
a veces es la tristeza de otros.
La alegría de salir de la escuela
o la felicidad de un día sin clases.
La alegría no es sólo brasilera dijo Charly,
y Benedetti propuso defenderla.
Me alegra escuchar blues
y la cumbia me da tristeza.
La alegría inicial de la borrachera,
que amenaza en convertirse en resaca.
La alegría efímera del estafado
y el triunfo pasajero de la pobre percanta.
Es mejor tirarse al río en la parte más profunda,
que aceptar la alegría pegajosa de Palito Ortega.
Sí me estremezco al escuchar el himno a la alegría
de
Beethoven
aunque parece ser que en realidad es una oda.
La alegría de ver un niño al nacer
y las horas muertas de la espera.
La alegría de que Geraldine aun me ame
aunque yo esté más panzón y renegado.
La alegría de que mis tres hijos me abracen,
y la bronca de que no laven los platos.
La alegría de Vito Corleone, nuestro perro,
cuando le damos una galletita Frutigran Semillas.
El segundo gol de Maradona a los ingleses
y acá no es necesario mencionarla.
La alegría esporádica  de que Racing gane
y la cotidiana de seguir vivo
Juan Pablo

viernes, 23 de septiembre de 2011

Muerte subita, o casi!


Que dijo el pelado sobre el joven  de la mesa de al lado:  
          
El joven de la mesa de al lado charlaba animadamente con una chica muy bonita. El pibe estaba vestido con ropa cara, según delata la confección y calidad de las telas que acentuaban su arrogante belleza varonil. La señorita rellenaba muy bien un vestidito corto. Ambos no habían escatimado en perfumes ostentosos. Mi sentido del olfato es muy agudo, pude percibir en ella: Lady Million de Paco Rabanne; y en él: The One de Dolce Gabbana. Mi oído no es tan fino, pero como  estaba un poco aburrido y curiosidad no me falta, paré la oreja. Así pude escuchar que el muchacho alardeaba y hacía un gran esfuerzo por agradarle a la rubia de finas facciones y voluptuosos formas. De la conversación pude deducir que era la primera cita. El chico venía bien, era gracioso, ocurrente, y tenía la labia de un gran cazador; pero también se mostraba como un alma sensible. La chica se reía, parecía feliz y relajada. Él repentinamente se paró muy presuroso interrumpiendo el hilo de la conversación que llevaban, y le dijo:
- ¡Ya vuelvo, no te escapes linda… esperame…!
Sin darle tiempo a que ella respondiera se dirigió a la barra, no pude escuchar, pero algo en voz baja le dijo al barman. El hombre le respondió moviendo la cabeza y con morisquetas indescifrables, también dijo algo que la música me impidió escuchar. Ante la respuesta dada por el barman, la cara de terror del pibe fue notoria, por su expresión parecía que había visto a la muerte. Sólo atino agarrarse de la barra, y allí se quedo largo rato parado con la mirada perdida. A mí me gusta curiosear pero cuando las cosas se complican y la gente necesita ayuda prefiero tomarme el palo. Si el pibe se moría, iba tener que salir de testigo. Entonces para evitar problemas deje la plata de mi café sobre la mesa y me  fui. Cuando estaba cruzando la puerta sentí olor a muerto, quizás vendría de Lázaro Costa, la Funeraria vecina.

Que dijo el duende omnisciente, que vive dentro y fuera de todos:

Roberto es un tipo piola, simpático, entrador y muy buen mozo. Nunca se tomaba las relaciones amorosas en serio. Es joven… y tenía la firme convicción de seguir sin compromisos, solterito y sin apuros. Podemos decir, aunque la palabra sea un poco antigua, que Roberto es un dandy… Un dandy posmoderno al que no le cuesta levantar mujeres. Si las cosas se complicaban con una, invita a salir a otra. Sin embargo todo cazador tiene su presa difícil, y por tanto codiciada. La Rubia trabajaba en la misma empresa que él pero dos pisos más abajo. Roberto nunca había ido a esa oficina porque está en otra área de la corporación. Pero un día la casualidad lo llevo a la madriguera de la seductora oficinista. Bastó este hecho para que el tipo se apareciera a diario por allí argumentando que tenía que hacer algún trámite. Si se da cuenta que vengo por ella no me importa, pensaba. La chica era amable pero al principio no le dada el más mínimo calce. Reía alegre y daba gracias ante flores, bombones y chocolates, sin embargo descartaba la posibilidad de salir con un Don Juan. Roberto comenzó a sentir otra cosa, algo que jamás le había pasado con otra mujer. Y pensó… ¡Si me da bola, yo con esta mina me caso! Ella percibió que las intenciones no eran tan superficiales, y un día acepto su invitación a tomar un café. Se encontraron en un bar muy glamoroso, ambos iban vestidos para la ocasión y su producción superaba a la elegancia impecable que los caracterizaba habitualmente. La atracción física entra ambos fluía, y sobraban las  palabras. Ella se sintió avergonzada cuando instintivamente deposito la mirada sobre el bulto que se le formó a él en la bragueta cuando se sentó, y pensó ¿Todo eso, serán atributos masculinos o pliegues de la fina gabardina? Él se perdía en la profundidad de los ojos de ella, pero no podía evitar que su mirada bajara al generoso escote. Sin embargo, había mucho más que atracción física, el amor comenzaba a echar raíces. En eso estaban, cuando él se levanto y le pidió que lo esperara. Fue hasta la barra y hablo con el barman, y este le contesto amablemente pero algo contrariado y negando con la cabeza. Roberto sintió, que el mundo se venía abajo y que todos sus sueños se esfumaban para siempre. Que se descompensaba. Sólo atinó a agarrarse de la barra. Sus ojos perdieron el brillo, y se pusieron blancos.

Que dijo  Roberto:

Me llamo Roberto, y les voy a contar lo que me paso. Todo el mundo cree que soy una persona segura, pero es más una cuestión de actitud que de seguridad. Si bien nunca tuve problemas para relacionarme con las mujeres, en el fondo soy un tipo tímido. A pesar de ello, siempre me sobrepuse a mi timidez. Porque en realidad no me importaba perder, yo sabía que al NO lo tenía seguro. Entonces, luchaba por el SI. Si total, cuando una chica me decía que NO o se hacía la interesante, yo buscaba otra dispuesta a decir que SI. A mí siempre me gusto vestirme bien, estar bien afeitado, impecablemente peinado, ser amable y caballero con las chicas ¡Pero no jodamos, sin compromisos! Todo fue así hasta que apareció la rubia. Amalia, me hizo aflorar sentimientos que yo desconocía. Al principio me arrimaba a su escritorio haciéndome el langa, pero después la blonda me fue calando el corazón ¡Amalia está rebuena, es un caramelito, pero además es una mina reposta, su alma también bucea en la absoluta belleza! Así que chocolate va, poema viene, un día me dijo que aceptaba tomar un café porque quería saber cuáles eran mis intenciones. Yo me puse las mejores pilchas y le pedí prestado un poco de perfume a mi primo. Nos encontramos en un bar al que siembre voy, en Callao y Santa Fe… o por ahí. Ella llego hecha una diosa. Estaba más linda que de costumbre, lo que parece imposible porque ella siempre se veía esplendida. Tenía un vestido sencillito y breve, que le quedaba hermoso ¡Que escultura viviente…Madre mía! Nos sentamos, pedimos unos cafés, ella quiso una porción de torta. Charlamos, nos reíamos, nos contamos nuestras vidas hasta donde eran confesables. ¡Era como si estuviéramos flotando…! ¡Y qué par de Tet…! Perdón,  digo… de ojos tan bellos. El café, estaba fuerte, como muy acido, pero yo no le di bola… me lo tome igual. Mira si iba darle pelota al café, cuando ante mí estaba la mujer de mi vida. El pelado de la mesa de al lado era medio pelotudo, olfateaba el aire como un perro, y se ponía la mano en la oreja como queriendo escuchar. Mira si sería rara su actitud, que me di cuenta de que existía. ¡Pero NO! ¡NO pelado, vos no existías! ¡Lo único que existía en el mundo era ella, ella y sus formas, ella  y sus manos, ella y sus palabras, ella y el aire que la rodeaba! Tanto me concentre en ella, que me olvide de mis trámites personales. Y cuando me di cuenta ya era demasiado tarde. Sin embargo, me levanté y le pedí que me esperara. Me dirigí a la barra y le pregunte al barman
-          ¿Campeón, no me darías la llave del baño? El tipo me miró, y torciendo la jeta me dijo:
-          No pibe, los dos baños están clausurados, estamos esperando al plomero.
La noticia, me cayó más pesada que el café y en ese preciso momento me cague hasta los garrones. Sólo atine agarrarme de la barra, el sudor frio me corría por la espalda y por la cara. La mire a Amalia, y como yo no atinaba a volver a la mesa ella vino a mí, y pregunto:
- ¿Roberto, estás bien? Y luego agregó  ¡Ummm, Roberto… que olor!
Con mucha vergüenza tuve que aceptar la ayuda ofrecida por Amalia, ella vivía en Callao y Arenales, y mi casa quedaba en Floresta. Viajar en el ferrocarril Sarmiento todo cagado hubiera sido un poco incomodo. Lave mi ropa en la bañadera del departamento de Amalia sin dejar rastros orgánicos en ningún lado, y luego ya que estaba me bañe. Hasta que se secaron el pantalón, el calzoncillo y las medias,  ella me prestó una bata de algún novio pretérito, cuyo nombre nunca quise preguntar. Cuando la incontinencia me atacó en el bar, lo primero que pensé es que esa sería la primera y la última cita con mi rubia. Sin embargo la cursiadera sello nuestro amor para siempre, pues abrevió muchos pasos. No hay mal que por bien no venga. De buenas a primeras me encontré, en la intimidad con la rubia, apenas cubierto por una bata, recién bañadito y exhibiendo los enrulados pelos de mi ancho pecho. Acostumbrado a manguear perfumes, me puse un poco de Lady Million de Paco Rabanne. Amalia no lo pudo resistir.
Hace cinco años que vivimos juntos, es más, voy a estar con ella toda la vida. Amalia disfruta contando a los cuatro vientos los pormenores de nuestro primer encuentro en el bar, y a mí me da un poco de vergüenza, pero más traumático hubiera sido perderla.   

viernes, 9 de septiembre de 2011

Tormenta de ideas y emociones

Tormenta de ideas y emociones
Sedentarismo frágil, o mejor inexistente
Mar de sensualidad y curvas
Pasos de baile y vuelos marciales
Patadas peligrosas
Piruetas, títeres, cartón y teatritos
Madre tierna e  infinita…
Mujer cuyo fuego jamás se consume
Piel… amor y hacer el amor
¡Geral!

viernes, 2 de septiembre de 2011

Martin Fierro y Asado



Los primeros locales terminados se habían alquilado, pero la construcción de la Galería Chosica distaba mucho de haber llegado a su fin. Los andamios y tablones convivían con la actividad de la Farmacia Spiner y los mejunjes para impermeabilizar techos que don Meni Battaglia vendía en uno de los locales del fondo. Para entonces los asados de camaradería eran habituales entre mi familia los inquilinos y los obreros. Mi padre conseguía un cordero o un lechón en el campo, y Jorge Alberto Benavidez  lo hacía al asador con una maestría que aún conserva.  Jorge era uno de los trabajadores venidos de  Lobería, pero se ageseló,  porque hace cuatro décadas que vive en Villa  Gesell. Cuando tengo suerte, de tanto en tanto, todavía disfruto de sus memorables asados.
Algunos comían de pie con un cuchillo y un pan, y otros se sentaban sobre algún cajón de gaseosa,  balde de pintura o lo que podían.  El banquete siempre se prestaba para las historias descabelladas o los chistes, que surgian a medida que las damajuanas de vino iban ayudando a soltar las lenguas de los cuentitas.  Uno de los relatores más bolaceros era  Morrito Martinez, un loberense avenido a albañil, porque en su pago después de la quiebra lo perseguían los acreedores. Por lo tanto andaba por Gesell medio escondido. Martinez no era un delincuente, era un hombre que había tenido la mala suerte de perder su campo. Eran unas pocas hectáreas pero le servían para mantener a su familia. Se había empeñado y quedado en la ruina. De albañilería no sabía nada, pero mi padre de todos modos lo había contratado para darle una mano.  Morrito, a pesar de su desgracia era un tipo divertido y tenía alegría de vivir. Sus historias de paisanos, vacas y siembras, siempre eran exageradas y delirantes, pero muy graciosas.  A nadie le importaba que fueran mentiras o verdades.
Los asados fueron muchos, pero hubo uno en particular que me hace recordar una anécdota imborrable. Ya habíamos comido y estábamos pelando las naranjas, Morrito ya había hecho gala de sus habilidades como cuentista. Fue entonces cuando Don Meni Battaglia, dijo:
-          Si hablamos del campo argentino, no podemos olvidar la obra cumbre de la literatura gauchesca. Yo me sé de memoria todos los versos de Martin Fierro, porque soy gran admirador de José Hernández.
Y paso seguido, aprovechando la gota de silencio que había caído,  don Meni comenzó a recitar….
                        Aquí me pongo á cantar
al compás de la vigüela1,
que el hombre que lo desvela
una pena estrordinaria,
 como la ave solitaria
con el cantar se consuela.


Al principio los versos de Hernández llenaron de argentinidad los corazones de los comensales, quienes veían  a Meni Battaglia como un hombre lleno de sapiencia. De a ratos parecía que el que recitaba era el mismísimo viejo vizcacha.  Pero las estrofas y los versos se fueron sucediendo, y cuando todo el mundo pensaba que viejo Meni iba dar por finalizado su recitado, eso no sucedía.  Battaglia continuaba como poseído por el alma de Fierro. El vino comenzaba a castigar con los efectos de la modorra a los concurrentes, pero nadie se atrevía a retirarse por miedo a herir al payador reparador de techos. Mi padre conocía muy bien la obra de José Hernández, y de hecho era habitual que recitara en cualquier momento algún pasaje a modo de sentencia o enseñanza. Sin embargo su amor por la literatura gauchesca de ningún modo superaba a su amor por la siesta. El siempre decía la siesta es uno de los grandes placeres de la vida, y encima es gratis. Fue así que sin el menor sentimiento de culpa dijo:
-          ¡Muy interesante, muy interesante …  Don Meni!¡ ¡Lo felicito, pero me va tener que disculpar… Yo me voy a dormir la siesta!
Luego de la retirada de mi padre, se produjo el desbande. Los concurrentes  se fueron yendo uno a uno, sin interrumpir  desaparecieron. La única persona que quedo sentada  al lado de Don Meni Battaglia, fue Morrito Martínez.  El recitador no se desalentó por la deserción del público, Martínez lo escuchaba y para él eso fue suficiente. El ritmo y la cadencia de los versos se hacía cada vez más monótona y aburrida. Morrito, cabeceaba de sueño y lo miraba a Meni con los ojos extraviados  desde sus anteojos culo de botella.  Cuando parecía que Martinez se iba caer dormido del cajón donde estaba sentado, Don Meni Bataglia dijo:
Pero ponga su esperanza
en el Dios que lo formó;
y aquí me despido yo
que he relatao á mi modo
|                       MALES QUE CONOCEN TODOS
PERO QUE NAIDES CONTÓ.
Y luego agregó…
-          Bueno, amigo Morrito, dejemos “La Vuelta de Martin Fierro” para otro día. Se me ha secado un poco la garganta luego de recitar dos mil trescientos dieciséis versos ¡Lo felicito, veo que usted es un hombre de campo sensible al sentimiento gaucho!
Morrito lo miró con piedad, pero no pudo evitar ser sincero…..
-          ¡No! Lo que en realidad lo que pasó… Don Meni…  Es que usted está sentado arriba de mi gorra. Yo no lo quería interrumpir… Por eso me quede y no me  fui a siestiar .

domingo, 21 de agosto de 2011

Eclipse de aire,


Eclipse de aire,
asfixia del viento.
Ejército de grillos o grilletes.
Coctel de pastillas y aerosoles.
Carrera interrumpida.
Vigilia inútil y psicótica.
Invasión de alienígenas microscópicos.
Leche, miel y whisky.
Andar errante de noche por la casa…
mientras Geral y los chicos duermen.
Batalla perdida o triunfo pasajero.
Dialogo irreverente con la muerte…
Prórrogas de la Vida
Lectura para distraerse,
Computadora asesina de tiempo.
Putearlo a Dios y pactar con el Diablo.
Invierno del orto…
Playa caribeña añorada
Odio, Bronca, Impotencia….
¡Asma!


Juan Pablo

lunes, 8 de agosto de 2011

Cruzando Campo y Siete Tranqueras


                Vinimos de vacaciones a Villa Gesell en 1968, yo apenas tenía tres años. Vagamente recuerdo que dormíamos en una carpa. Mis padres nunca tuvieron espíritu de camping, pero supongo que optaron por la opción más barata porque tenían siete hijos. No sé como entramos en aquella vieja tienda canadiense, y menos puedo imaginar cómo cabíamos nueve personas en una Rural Fiat 1500. Supongo que apilados uno arriba del otro. Imagino a los mellizos sentados con las piernas recogidas en área de carga, a Jorge, Marcela, Antonio y Raquel  apretados y peleando en la segunda fila de asientos. Mi padre manejaba y yo iba sobre las faldas de mi madre en el asiento del acompañante. En aquel entonces los cinturones y otros dispositivos de seguridad eran un lujo digno del Apolo XI. Supongo que nuestra ropa, la carpa y otras cosas irían arriba de Atilio y Vicente, los mellizos. Vivíamos en Lobería, un pueblo rural del sudeste de la Provincia de Buenos Aires, pero nuestro viaje a Gesell cambió nuestro destino. A mis padres les encanto aquella villa repleta de médanos y calles de arena, y compraron un terreno sobre la Av. Buenos Aires, a tres cuadras del mar, frente al Club Español. 
Mi padre comenzó a alternar su profesión de abogado con su nuevo emprendimiento… construir unos locales y departamentos en el lote adquirido. Por eso tenía que viajar seguido a Gesell. No todos los hijos participábamos de todos los viajes al paraíso descubierto, pero era seguro que la pobre Fiat venía llena de cosas y personas. Cuando no cargaba con hijos lo hacía con paisanos loberenses avenidos a obreros de la construcción; o entenados como mi primo Vicente quien vivía con nosotros y siempre estaba presto para el viaje con tal de faltar al colegio. El periplo de Loberia a Villa Gesell era toda una aventura. El asfalto no cubría la totalidad del camino, gran parte del recorrido eran huellas que atravesaban campos privados. Para pasar era necesario abrir siete tranqueras, mis hermanos se peleaban,  porque todos querían bajar corriendo para cumplir con la tarea;  sólo  recelaban de descender  del auto cuando adivinaban la amenaza de  algún toro. Todo era una oportunidad para enseñanza y la educación,  papá nos instruía para que aprendiéramos a ser considerados y respetuosos. Nos decía, por ejemplo… ¡Si la encontraron cerrada, jamás dejen la tranquera abierta, así evitaran problemas con los paisanos! ¡Si las vacas se llegan a comer el maíz, se va armar un lío! El viejo, que para entonces era más joven que yo ahora, también nos hablaba de otras cosas;  y así aprendimos sobre las razas bobinas, las aves,  los cultivos, y las costumbres de la gente del campo. Yo era muy chico para entenderle, pero él mantuvo esa costumbre de contar cosas mientras viajaba, durante toda su vida. Así que por suerte no perdí sus enseñanzas.
 Cuando había buen tiempo el camino estaba lleno de baches y polvo, pero cuando llovía todo se convertía en un barrial. Era entonces cuando mi padre demostraba su habilidad para manejar en el barro, iba despacio y por la huella. En algunos momentos todos teníamos que bajarnos y empujar. La Fiat y todos sus ocupantes terminábamos enlodados. Pensar que ahora hay gente que paga por una travesía como la nuestra. Para nosotros la diversión era gratis.
Si bien, luego perdió la costumbre por piedad a los animales, mi padre mientras veníamos cazaba. Llevaba siempre en el auto una escopeta y tenía una puntería certera. Generalmente al llegar a Villa Gesell, contábamos con unas cuantas perdices, patos o liebres. Mis hermanos, con asco y a regaña dientes, desollaban a las víctimas; y mi madre las preparaba magistralmente, engrosando  la cantidad de comida con arroz para que alcanzara para todos.  
En 1971, cuando los primeros locales estuvieron medianamente terminados nos vinimos a vivir a Villa Gesell. Ocupamos algunas dependencias, mientras se construía en el primer piso el departamento que sería nuestra casa. Al principio ninguna de las cocinas estuvo lista, entonces mi madre cocinaba guisos sustanciosos para 15 personas, su familia y los obreros, en un calentador a querosén Bran Metal. La mesa estaba improvisada con tablones de obra y el piso era de arena.
En un local diminuto mi padre instaló su Estudio Jurídico. La oficina no tenía sala de espera, abrías la puerta y te lo encontrabas sentado a él sentado en un escritorio. Había una máquina de escribir Olivetti, y unos cuantos libros, nada más.  Así se comenzó a trabajar el primer abogado residente en Villa Gesell, porque para entonces los letrados venían de Madariaga para  cumplir con sus diligencias.
Pasaron 40 años de la llegada de la familiar Roncoroni a Villa Gesell, de aquellas nueve personas iniciales quedamos siete, mi hermano Jorge y papá ya no están, pero de todos modos somos muchos más. Martita, mi madre, disfruta hoy de 18 nietos y 4 bisnietos, y la gran mayoría de ellos viven en Villa Gesell. Muchas veces las historias de las familias están llenas de pequeñas epopeyas. Al mundo no lo construyen sólo las personas celebres que sobreviven al olvido y el paso del tiempo. Por eso me gusta referir estas microhistorias y que otras personas lo hagan. Las grandes hazañas de la humanidad no hubieran sido posibles sin la gran masa de desconocidos.

                                                        Juan Pablo Roncoroni

miércoles, 20 de julio de 2011

CRÓNICAS PAMPEANAS

1. La Abducción 


                Prudencio le aflojó la cincha al overo moro y comenzó a desensillar despacio. A medida que le iba retirando el apero al caballo, lo acariciaba en una actitud cariñosa y melancólica. Todos los días hacía este trabajo antes de soltarlo para que retozara libre en la pradera. El caballo respondía a los mimos del paisano con un apego extremo, como si supiera que aquel hombre era el único amigo que tenía varios miles de años luz a la redonda. Finalmente Prudencio, le quitó el bozal y le dijo ¡Corré pingo lindo… corré por esta pampa de pastos rojos, que no es nuestra pampa, si no me mintieron para seguir ordeñándome, ya vamos a volver al pago!
Antes de ingresar al rancho, que él mismo había construido con barro y paja del extraño planeta, el hombre miró el paisaje. Dos enormes soles como bolas de fuego se ponían en el horizonte, la planicie recordaba por sus formas a los pagos de Lavalle o Madariaga pero los colores estaban revirados de una forma psicodélica. Los tonos superaban por su estridencia al verde brillante de los cultivos de soja que cubren de una piel transgénica a la Argentina, pero al final uno se acostumbraba y descubría belleza en aquello. Una vez en el rancho, Prudencio tiró un churrasco de vaca emplumada sobre la parrillita y al rescoldo puso la pava y se dedicó a preparar el mate ¿De a donde habrían sacado yerba las alienígenas? Bueno, no importaba, porque la yerba estaba buena y parecía de buena sepa. Eso sí, algo tenía esa yerba, Taragüí no debería ser, porque bastaba tomar unos pocos mates para convertirse en un súper-hombre. No el súper hombre de Nietzsche, del que el pobre gaucho nunca había escuchado hablar. La cosa era menos filosófica, y más fisiológica. Después del mate, Prudencio se convertía por varias horas en un súper padrillo. Mientras esperaba que vinieran a buscarlo para hacer el trabajo comenzó a recordar aquella noche que salió del rancho rumbo al boliche, antes de cerrar la puerta sus últimas palabras fueron: ¡Marta!... voy y vuelvo en un galopito al boliche, se me acabó el tabaco, de paso me traigo un vino. Esperame con las empanadas china linda, aprovechemos que los gurises están en lo de la abuela.
                Marta era una criolla muy bonita, de formas voluptuosas y generosas, y no austeras como las de las modelos anoréxicas. La Marta y sus curvas, al pasar hacían que la yerra, la doma, el arreo, los tractores, las camionetas y las cosechadoras  se detuvieran. Todo el paisanaje paraba de hacer lo que estuviera haciendo para mirarla pasar. Pero la Marta era la mujer de Prudencio, un gaucho pacifico y tranquilo si no se lo provocaba, pero que no le hacía asco  sacar el cuchillo si la ocasión lo exigía. Dada la habilidad que el hombre tenía con la daga y su condición atlética aportada por un cuerpo musculoso, fibroso y flexible, casi nadie quería tener problemas con él. Así que todo el mundo volvía a los menesteres camperos, luego de saludar respetuosamente a la mujer de Prudencio, y no se metían con ella. La única persona que molestaba a la Marta, era un gaucho taimado que se llamaba Anacleto.  
                El boliche quedaba apenas a un cuarto de legua del rancho, si Prudencio no se entretenía truqueando con los paisanos vagos iba a volver rápido, no había mucho tiempo entonces. Marta dijo: ¡Qué empanadas, ni empanadas… ésta es mi noche! Y presurosa fue a buscar la ropa interior que había comprado en una reunión de Gigot, para una ocasión como ésta. Se la probó, se miró al espejo y  pensó ¡Perfecto, a mi gaucho le va encantar!
                El criollo cabalgaba al galope tendido presuroso en  pos de su amada, ya de vuelta del boliche,  cuando la noche se hizo de día y la luz lo encegueció. El había visto muchas veces a la luz mala, y de tanto verla ya no le tenía miedo. Pero esta luz era diferente a todo lo conocido. Cuando sus ojos lo dejaron ver, se encontró junto a su caballo en un habitáculo que le recordó los decorados que solía ver en los programas de televisión, sin embargo este lugar era más raro aun.  Así fue como pingo y paisano fueron a parar al interior de la nave espacial que los había coptado. El hombre se pegaba al animal, y el animal se pegaba al hombre, como dos seres desamparados que se dan ánimo para superar el julepe. Y en eso estaban cuando escucharon las voces. Lo raro era que las voces, no entraban por los oídos, sino que resonaban dentro del cerebro. Alguien les hablaba, pero comunicándose a través de la telepatía. Todo fue muy confuso al principio, Prudencio y el moro estuvieron con las ideas revueltas, pero al cabo de un rato se dieron cuenta que hombre y equino podían leerse recíprocamente los pensamientos. A pesar del miedo ambos seres sintieron una profunda alegría, porque la simbiosis que los había unido siempre había llegado a su punto máximo. Cuando el gaucho descubrió la simpleza y nobleza de los pensamientos de su caballo, no pudo evitar llorar. Y pensó: ¿Cómo no los vamos a querer a estos bichos?... ¡Si son tan nobles! Mientras el caballo emanaba mensajes cerebrales tales como: Quiero pasto… quiero agua… o por favor salgamos de acá, esto no me gusta nada. Y en eso estaban cuando una voz más autoritaria se impuso dentro las mentes de ambos habitantes de la pampa ¡Basta de sentimientos improductivos e incomprensibles para nuestra civilización superior!
La comandanta de la nave se hizo presente en el habitáculo. Hubiera podido ser confundida con una mujer terrícola. Sin embargo delataban su origen alienígeno detalles tales como el color verde de la piel y el pelo. Pero lo que más llama la atención era que tenía tres tetas, de tamaño generoso pero sin llegar a la desproporción. Esta particularidad no podía pasar desapercibidas porque era resaltada perfectamente por la ropa ceñida al cuerpo. Como a todo lo raro, al principio cuesta acostumbrarse, hasta el caballo la miraba azorado. Detrás de la comandanta ingresaron al reducto,  diez mujeres más con similares proporciones despampanantes, rostros bellos, piernas largas y bien torneadas, cinturas reducidas, caderas y ancas generosas y firmes. Todas tenían tres tetas, que esta vez pasaban menos desapercibidas aun, porque las chicas se presentaron completamente desnudas. Lo único que variaba con respecto a la comandanta, aparte de las desnudez, eran los colores… Había mujeres de piel celeste, mujeres de piel azul, mujeres de piel violeta… Lo mismo ocurría con las largas cabelleras y los vellos de sus pubis, que se combinaban en múltiples variantes como un arco iris con el color de la piel. Prudencio miró a tal harem sin entender nada, y lo único que atinó a pensar es…
-          Estas chinas son raras, pero muy coloridas, tienen de todo como la Marta, son lindas, muy lindas.    
-          ¡Más vale que te gustemos paisano porque vas a tener que fecundarnos a todas nosotras, y a otras miles de la estirpe que habitan en nuestro planeta…! Le respondió la comandanta.
Prudencio intento decir con su pensamiento, que el era un hombre de una sola mujer, que la Marta se iba a enterar y que se le iba armar un lio bárbaro, que no iba poder porque se iba cansar. Pero otros pensamientos se le cruzaban, y con sus argumentos no se  convencía ni siquiera a él mismo. Además aquellas chicas que lo miraban libidinosamente parecían estar muy determinadas con su tormenta de pensamientos a convertirlo en una especie de Adán intergaláctico. El pensamiento de la comandanta se impuso sobre los demás y manifestó cual era la razón de raptar a aquel pobre gaucho con  su caballo.
-          No obstruya nuestro propósito con sentimientos de culpa que no existen en nuestra civilización. Usted ha sido abducido con el objetivo de que nuestra estirpe siga existiendo, somos de un planeta solo habitado por amazonas. Hace siglos que comprendimos que para lo único que sirven los hombres es para fecundarnos. No queremos inútiles fanáticos del deporte y los vehículos espaciales,  que son incapaces de hacer más de una cosa a la vez. Modificamos genéticamente nuestros óvulos para que rechacen a los espermatozoides “Y”, de modo tal que sólo puedan ser fecundados por células “X”. Es así que parimos sólo niñas, en nuestro planeta no nacen niños. Basta con capturar a un macho humano en el planeta tierra, de tanto en tanto, para evitar que nuestra raza se extinga. Si bien vivimos en una galaxia muy lejana, por esas casualidades de la creación los seres humanos tienen una conformación cromosómica similar a la nuestra.
-          Ta´bien señora… ¿Pero… por qué me eligieron a mí…? interrumpió con su pensamiento el gaucho.
-          Usted fue elegido porque reúne las condiciones que pretendemos, es fuerte, bello, tiene un cuerpo que nos excita, está sano; y teniendo en cuenta que es un hombre no es un ser tan despreciable. Cuando lo observamos haciendo pis en el pajonal, al ver su herramienta sexual terminamos de comprender que era el hombre indicado. No tenemos ningún sentimiento de amor por usted, sólo nos interesan sus espermatozoides y el placer que nos puede brindar, pues sólo somos fecundas cuando sentimos placer. No somos vacas para ser fecundadas con inseminación artificial.
-          Ahijuna, Canejo… ¿Cómo voy hacer para embarazar a todas las chinas del planeta? (medio asustado se le escapo a Prudencio)
-          Será acondicionado biológicamente para poder cumplir con la misión, cuando lleguemos al planeta recibirá todo lo que necesita. No será necesario que carnee a las vacas emplumadas, porque si lee sus pensamientos antes de matarlas le va dar pena,  aunque estos cuadrúpedos no piensen mucho. Nosotros le proveeremos la carne de sus asados. Al caballo lo trajimos para que le haga compañía, sólo porque en seres primitivos la tristeza reduce el rendimiento sexual. No tiene opciones, cuando consideremos cumplida su misión lo devolveremos a su planeta. Seguramente le llevara un año de nuestro planeta, nuestros días tiene 33 horas y el planeta tarda 456 días en dar la vuelta a las dos estrellas. Prepárese para hibernar, cuando arribemos al planeta una ardua tarea lo espera.
Y así fue, Prudencio trabajaba durante el día en el campo haciendo tareas livianas de rutina. Al atardecer lo venían buscar,  y hasta bien entrada la noche se la pasaba fecundando a las chicas del planeta. El número era unas doce por noche. Todo resultaba como lo había explicado la comandanta de la nave. Las mujeres se mostraban muy fogosas, y tenían más habilidades amatorias que las que se enseñan en el Kamasutra,  pero pasado el momento eran más frías que una heladera y no demostraban el más mínimo sentimiento de cariño. Cualquiera diría que este gaucho tendría que andar desganado y cansado. Pero muy por el contrario él se sentía muy bien… sería el clima benéfico del planeta o el efecto del mate… vaya uno a saber. El año planetario trascurrió, y para entonces  Prudencio había embarazado hasta al aire. El día menos pensado fue convocado por la junta de gobierno del planeta. Las amazonas allí reunidas le dijeron que su misión estaba cumplida, que prescindían de sus servicios y que habían decidido devolverlo a la tierra. Además agregaron que la razón más importante para regresarlo al pago, era que temían encariñarse de un hombre. Prudencio se mostró alegre pero preocupado, y manifestó su angustia.
-          ¡Hace más de un año terrestre que desaparecí de mis pagos! ¿Cómo hago para explicarle a La Marta lo que pasó? Va pensar que anduve de pago en pago, y de cabaret en cabaret… y de algún modo va tener razón… La amazona que presidía la junta le respondió con un pensamiento contundente:
-          ¡No sea un gaucho bruto! Hasta una mente tan elemental como la del terrícola Albert Einstein sabía que viajando a una velocidad superior a la de la luz el tiempo deja de transcurrir. Nuestras naves superan los 300.000 kilómetros por segundo, y nosotras con el tiempo hacemos lo que queremos. Prepárese, la Marta lo está esperando con lencería, portaligas y puntillas. No se preocupe le vamos a dar varias raciones de nuestra Yerba mágica, créame que la va necesitar. A su caballo le injertamos unos testículos de toro emplumado, pobrecito usted lo capó cuando era potrillo… el también tiene derecho. A usted queremos hacerle un regalo, conservará su poder telepático pero sólo con el caballo. 
El viaje de regreso a la tierra fue veloz, y de pronto Prudencio y el moro overo se encontraron en el recodo del camino donde el habían sido abducidos. Era como si el tiempo no hubiera transcurrido, como si todo hubiera ocurrido en un segundo. Al cabo de galopar un corto trecho. Prudencio llegó al rancho, y más rápido que ligero le sacó el apero, el freno y el cabestro al caballo, y lo largó en la pampa. La yegua ruana, saludó al moro con un relincho alegre, pero antes de que pudiera decir otra vez agua va, el moro ya la había montado y servido. La yegua, ni siquiera estaba en celo, pero se sintió feliz. Porque siempre le había gustado el moro, pero no dejó de sorprenderse porque éste en el plano sexual siempre se había mostrado indiferente. Prudencio entró al rancho, la Marta lo recibió con una sonrisa feliz y lo beso apasionadamente. Pero repentinamente se mostró molesta, esquiva…. Su intuición y olfato femenino le decían que había gato encerrado. Apartándolo con los brazos le dijo:
-          Tene´ un perfume raro ¿De donde veni´vo´?
-          Del boliche… ¿De ´onde voy a vení? El perfume debe ser del pelotudo de Froilán, que anda mamao´ de cabaret en cabaret, y cada vez que me ve en el boliche insiste en saludarme con un abrazo.
-          Al perfume del borracho Froilán, lo conozco… este es diferente.
-          Bueno… no sé mi prienda… debe ser la primavera… el amor. Venga con su gaucho y no me cele ¿Usted que cree que soy un súper padrillo, para andar con mozas por ahí en una ida y güelta de 30 minutos? ¿No queré´ tomar unos mates?
-          ¿Unos mates??? ¡Ni loca, vení que te muestro una tanguita linda que tengo debajo del vestidito de paisana!
De más está decir que Prudencio, no necesitó la yerba mágica, el juego amoroso se prolongó largas horas, y lo más lindo de todo fueron las caricias y los mimos que se prodigaron aquellos paisanitos. En el universo puede haber mujeres, rojas, verdes o amarillas… Pero para Prudencio la  Marta es la Marta.         
               


2. El Overo Moro 
              

              
                De nada valieron alambrados de siete hilos, ni corrales aparentemente infranqueables, porque el overo moro los saltaba, o rompía. Nuevos bríos se apoderaron del pingo,  y no hubo yegua que se le resistiera en el pago. Con tal de servir a una hembra de su especie, el caballo apelaba a toda su inteligencia y testarudez. Si lo ataban se ponía como loco, corcoveaba todo el tiempo, tiraba coces al aire y relinchaba como un demonio. Recordemos que el gaucho podía leer los pensamientos del caballo y viceversa. Así que las conversaciones telepáticas discurrían entre la intención del paisano por calmar a su amigo, y la excitación del equino que puteaba constantemente a su dueño, y manifestaba ideas, que no tienen traducción en nuestra lengua, pero cargadas de fogosidad y erotismo equino. Según dicen la telepatía supera la barrera de los idiomas, los pensamientos fluyen, y las ideas son claras pero sin palabras.
A Prudencio  en algún momento se le ocurrió hacer lo que nunca había hecho, manearlo para evitar que el pingo se le escapara. Sin embargo el animal corría como flete de indio cuando lo bolean. Esto al gaucho lo preocupaba, porque no quería que su caballo terminara quebrado y enredado en algún alambrado culpa de la disminución que le producía la manea. Así que decidió dejarlo nomás. El paisano ya sabía que cada mañana al levantarse tendría que salir a campear al caballo por los potreros cercanos y no tan cercanos. Amén de pedirles disculpas a los paisanos vecinos enojados, pues el moro no discriminaba entre yeguas criollas, mestizas, pura sangre, de polo o de salto.  ¿Que se le iba a hacer? Al moro se le había subido la testosterona a la cabeza. 
                Si bien al principio los problemas ocasionados por el caballo no eran menudos, la cosa después se complicó más. La naturaleza siguió su ritmo y los primeros potrillos comenzaron a nacer. Si antes los vecinos estaban enojados, ahora estaban rabiosos de furia, pavor y desconcierto. Los hijos del moro, se veían fuertes, sanos y proporcionados, pero lo malo era que en lugar de crines  tenían plumas. No las plumas coloridas y arrogantes de la cola de un pavo real, sino más bien las plumas apelmazadas y feas de un chajá viejo y mojado. Para cumplir con sus objetivos de padrillo obsesivo el moro había causado mucho revuelo. Entonces nadie dudó de que fuera el culpable de esa estirpe maldita.
Los veterinarios no supieron a que atribuir el fenómeno. Solamente uno de ellos se envalentonó pretendiendo refutar la teoría de Charles Darwin. El Doctor Anselmo Desvariani sostuvo que el caballo es un mamífero, y que por lo tanto es pariente de los seres humanos. Entonces si nacen potrillos con plumas, se debe a un salto genético para atrás. Por lo cual se puede deducir que los equinos descienden de las aves, y que en pocas palabras… los hombres no venimos de los monos sino de las gallinas, y que de hecho caminan en dos patas. A la comunidad científica esta teoría le pareció muy tirada de los pelos… o de las plumas.
Las viejas curanderas del pago, le  buscaron una explicación mística al asunto, leyendo las verrugas de los sapos o las propias manchas del overo moro, y llegaron a la conclusión que lo ocurrido había sucedido gracias a la intervención del mismísimo mandinga. Los curas sanadores y varias ramas de las iglesias evangélicas llegaron al mismo puerto que las brujas pero por otros caminos. Como Fabio Zerpa no opinó sobre el asunto, a nadie se le ocurrió que el hecho se debía a la intervención alienígena.
El paisanaje estaba asustado, y temía que algo peor estuviera por suceder. Entonces comenzó a circular la idea de que lo mejor era sacrificar al moro y a todos los potrillos, pero absteniéndose de consumir la carne. No sea cosa que después los bebes nacieran con plumas. El gauchaje afilaba sus cuchillos, y se preparaba para la carnicería, pero nadie se animaba a cumplir con la faena. Pues el problema no era apuñalar simples caballos, sino acuchillar pingos poseídos por el diablo. Fue entonces cuando a alguien se le ocurrió que la mejor manera de sacrificar al moro, era utilizando a Prudencio como instrumento. El debería ser el autor material del asesinato. Total si Lucifer habría de enojarse, lo haría con el pobre gaucho.
Era la tarde, y la hora en que el sol la cresta dora de los andes, como diría Don Esteban Echeverría,  cuando la muchedumbre rodeó el rancho de Prudencio. Allí estaban los gauchos más reputados del pago, sus mujeres, sus hijos y las viejas chusmas, llevaban antorchas,  portaban un enorme crucifijo y gritaban enardecidos cosas como: ¡Echá pa´tras mandinga! ¡Muerte al overo moro del diablo!
                Prudencio salió del rancho, altivo, seguro de sí mismo, y dijo…
-          ¿Qué pasa hermanos que están metiendo tanta bulla? ¿Hay baile y yo todavía no me enteré?
-          Es que tenés que matar al caballo… Si no vaya a saber lo que pasa…  dijo, con una vos aflautada e insegura, uno de los que sostenía la enorme cruz
-          ¿Cómo pretenden que yo, que lo crie de potrillo, clave en su pecho un cuchillo…? Replicó Prudencio, parafraseando a Hernan Figueroa Reyes, y  luego agregó…
-          No mataría a mi caballo, ni que fuera un mancarrón. Así que menos voy a carnear a un flete de número como mi overo moro, sólo porque se puso querendón con las yeguas del pago. ¡Dificulto, dijo Luna… que al chancho le salgan plumas!  Y ahora le salieron plumas a lo potrillos… ¿Y qué? Si hay algún gaucho que quiera finar a mi moro, o a cualquiera de sus potrillos, primero ese sotreta va a tener que vérselas con el filo de mi facón. Si hay más de uno… no me importa cuántos son, sino que vayan saliendo.
El murmullo de la multitud se apagó, y la gente perdió el entusiasmo en su casería de brujas. Un paisano viejo y encorvado, sin dientes, pero bien ataviado con ropas criollas, se puso al frente del gentío y gritó:
-  Yo conocí al finado agüelo y conozco al padre de Don Prudencio, y a tuita la familia, siempre han sido gente güena y de ley. Volvamos pa´ las casas ¿Pa´que vamos a hace un barbaridá? ¡Si lo de los pingos es cosa de Mandinga o de Dio… ya eimos de saber. Recémosle a la virgencita que tuito se va a arreglar!   
El pobre viejo fue dar de bruces a un charco, gracias al empujón que le dio, para apartarlo y abrirse paso, un hombre que venía cebado por el convite de Prudencio. Anacleto Villalva se colocó a diez pasos del defensor de la morada, tenía el facón desenvainado en mano derecha y el poncho enrollado en la otra.  Prudencio conocía a este gaucho taimado, era amigo de lo ajeno y pendenciero. Pero además tenía un problema personal con él, pues el matrero solía molestar a la Marta piropeándola con barbaridades que no se le dicen a una dama. Y el hombre estaba despechado porque la Marta jamás se había dignado ni siquiera a mirarlo.  Prudencio lo miro con desprecio y le dijo:
-          Veo que hay un maula que aprovecha esta partida para sacarse las ganas que de mí tiene por otras cuistiones, y  que no tienen nada que ver con el moro.  
Anacleto se le fue al humo y le hizo un tiro, mientras echaba espuma por la boca diciendo
-          ¡Te voy a carnea´ jue’ perra!
Prudencio ladeo la cintura arqueándose como una vara de mimbre. Si no fuera por ese movimiento ágil la daga le hubiera entrado en las tripas, pero afortunadamente ésta sólo le rozó la cadera. Si él hubiera sido un hombre más barrigón, Anacleto le hubiera hecho una lipo-aspiración gratis. El peligro, y la determinación que tenía el oponente para matarlo pusieron furioso a nuestro gaucho, pero no le hicieron perder el control. A la pasada, como hizo Fierro con el negro, le asestó un planazo certero en la frente. Si bien el filo del cuchillo no había tocado la cabeza de Anacleto, este comenzó a sangrar profusamente debido a la rudeza del golpe propinado por un brazo hercúleo. El matrero se puso ciego como toro de lidia herido y volvió a arremeter con extrema violencia, pero esta vez más chapucero. Prudencio  midió y estudió todos los movimientos en un segundo. Pudo haber levantado al agresor con su cuchillo como a una bolsa de huesos, pero prefirió no matarlo, y se conformó con darle un hachazo descendente en una oreja que casi quedó colgando. Anacleto estaba regalado, sangraba como un manantial rojo y en el revuelo había perdido el facón. Hubiera bastado una puñalada para que estire la pata, pero Prudencio optó por una descomunal patada en los huevos. El gaucho taimado quedó fuera de combate y mal trecho, pero vivo. Acto seguido el vencedor, levantó en vilo con un solo brazo al caído agarrándolo de la ropa, mientras con la otra mano sostenía la daga cuya punta le apoyo en el gañote… y le dijo:
-          ¡Podría matarte como a un perro, pero me das asco, ni siquiera mereces la muerte del cusco más ladino y traidor.
Luego, dirigiéndose a la multitud, agregó:  
-          ¿Alguno más quiere dirimir cuistiones conmigo?
La gente se quedó tranquila en su lugar, la manifestación antisatánica había concluido, pero todos querían chusmear.  En eso estaban cuando se escucho la sirena de un patrullero. La Marta, mientras todo ocurría, no perdió tiempo. Escondió a  los gurises debajo de la cama, llamo la policía desde su celular y se apostó en la ventana con la escopeta del doce grande lista para disparar. Dada su destreza, era totalmente improbable que la Marta le errara a un blanco, pero no abrió fuego por miedo a pegarle a Prudencio o a cualquier inocente. Eso fue el otro motivo que salvó de la muerte a Anacleto. Si la Marta hubiera tenido la certeza de que no hería a otra persona, le volaba la cabeza.
 Alguien grito:
 – Abran cancha que llego la POLECIA! 
 En un abrir y cerrar de ojos, cuatro agentes y el comisario se habían apeado del móvil. El jefe era un hombre cincuentón, fornido, barrigón, y bigotudo. Cómo le hubiera sucedido al comisario correntino Don Frutos Gómez, le bastó una mirada de la escena para entender lo que pasaba y saber cómo tenía que actuar para no complicar la cosa.  El Comisario estaba acostumbrado a las peleas de gauchos, y sabía que tenía que calmar a Prudencio hablándole tranquilo y sin gritarle, pero firmemente y con autoridad. Lo miró a los ojos y le dijo:
-          Mocito deme ese cuchillo, no sea cosa que se lastime. Ya le dió su merecido a ese gaucho vago y mal entretenido. De paso me sacó las ganas que yo tenía, porque me vengo conteniendo para no cometer apremios ilegales. Soy un policía honesto y no recurro a esos métodos, pero con malandras propensos al abigeato como Anacleto dan ganas… ¡Deme el facón amigo!
-          El cuchillo, es como el pingo o la mujer… no se empresta comesario, dijo Prudencio retobado
-          Tiene razón mocito… Bueno por lo menos guárdelo, y tranquilícese. Ya pasó, no lo vamos a llevar preso… Bueno a usted no… pero vamos a tener que poner al moro en cana por un tiempito hasta que todo se aclare.
Aunque a Prudencio no le gustaba nada entregar su caballo, confió a regaña dientes en el comisario y ayudó a cargar el pingo en un trailer para que lo lleven a la división de caballería de la policía. Mientras tanto dos agentes con poca vocación de enfermeros, y más bien preocupados por no ensuciar el tapizado del móvil nuevo que había enviado el gobernador, le envolvieron la cabeza a Anacleto con un poncho y lo llevaron al hospital. Prudencio también debería haber ido  al hospital porque el corte que tenía en la cintura necesitaba varios puntos. Pero prefirió coserse a lo Rambo, con hilo de salamín  y sin anestesia. Luego la Marta se ocupó de ponerle compresas con hojas de “palán palán” y grasa de tractor. Aunque parezca mentira no hubo infección y se curó rápidamente.   
Cuando al pobre moro lo encerraron en un box de la caballeriza le agarro un ataque de furia. Tanto corcoveó y pateó, que no hubo vigilante que se animara a abrir la puerta. Llamaron al dueño del caballo para ver si lo podía calmar. Bastó que Prudencio se acercara, y meditara un rato,  para que el pingo cambiara la actitud. Pero un pensamiento del equino se clavo en el corazón del gaucho como un puñal, era como una pregunta ¿Por qué me traicionaste? El gaucho lagrimeando le  hizo saber que no era traición, que haría lo que sea porque recupere la libertad, pero que por el momento se tendría que quedar ahí. Con el paso de los días la furia del moro se convirtió en tristeza, a tal punto que casi no comía. Al cabo de un mes el caballo adelgazó, se debilitó, y las yeguas de los boxes contiguos no le interesaban. Prudencio estaba tan triste como el moro, pero también irascible y en cualquier momento podía sacar a relucir el facón contra quien se le cruzara. El gaucho iba a visitar a su caballo a diario. El moro comía, sólo un poco cuando Prudencio le colocaba el morral.   
El problema no se resolvía y  las ideas genocidas volvieron a ponerse en boga, pero ya no promovidas por los paisanos, ni las curanderas o curas sanadores. A un juez inútil, gordo y aburrido en su escritorio, se le ocurrió dictaminar que el moro y los potrillos emplumados constituían una gran amenaza sanitaria para la actividad agropecuaria de la Republica Argentina y el Mercosur. Según el leguleyo, al desconocerse el origen del fenómeno, se ignoraban también las consecuencias a largo plazo, por lo tanto lo mejor era erradicar la causa sacrificando semental y potrillos. Cuando parecía que la sentencia iba a quedar firme, y por lo tanto se iba aplicar.  Ocurrió un milagro, la Asociación Ornitológica de General Madariaga presentó un recurso de amparo argumentando que si los potrillos tenían plumas eran aves.   Y que además de ser pájaros, eran muy raros porque tenían cuatro patas. Continuaban explicando en el escrito presentado que el moro no tenía pluma, pero que procreaba hijos con plumas y que por lo tanto era algo así como un gallo que pisaba yeguas en lugar de gallinas. Ante el recurso de La Asociación Ornitológica el juez gordo se declaro incompetente. Y afortunadamente intervino en la causa un juez flaco y diligente, que estaba muy ocupado en causas más importantes. Cuando termino de leer el expediente llamo a los gritos al secretario del juzgado y le dijo: “¡Déjense de joder con los potrillos con plumas y el moro sexópata! ¡Por favor escriba un dictamen cortito liberándolos por falta de merito, yo lo firmo! ¡Basta de romper las pelotas con pelotudeses y dedíquemosnos a resolver homicidios, asaltos, hurtos y robos”  
El Moro volvió a ser libre en su querencia, al principio le costó un poco recuperase, pues su estado de salud estaba muy venido a menos. Pero el sol de la llanura pampeana, los buenos pastos y los mimos de Prudencio lo recuperaron. Otro milagro ocurrió. A los potrillos descendientes del moro, al cabo de unos meses, se le cayeron las plumas, y en su lugar nacieron largas y fuertes crines. El caballo siguió siendo un gran semental, pero ahora todo era más tranquilo, pues eran los vecinos los que traían las yeguas para que el moro las fecundara. El Pingo ya no tenía necesidad de saltar alambrados ni hacer locuras, y Prudencio salió de pobre con los servicios que prestaba el padrillo criollo. Los hijos del moro, siempre se convertían en espléndidos potros, buenos para lo que guste mandar. Eran excelentes para las cuadreras, carrera de sortija, polo, pato y hasta salto, pero sobre todo inmejorables compañeros de los gauchos.