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Juan Pablo Roncoroni, Villa Gesell. Tengo varios blogs que versan sobre distintas cosas... la cerveza, el placer de viajar con mi mujer y mis hijos... y otros temas.

miércoles, 20 de julio de 2011

CRÓNICAS PAMPEANAS

1. La Abducción 


                Prudencio le aflojó la cincha al overo moro y comenzó a desensillar despacio. A medida que le iba retirando el apero al caballo, lo acariciaba en una actitud cariñosa y melancólica. Todos los días hacía este trabajo antes de soltarlo para que retozara libre en la pradera. El caballo respondía a los mimos del paisano con un apego extremo, como si supiera que aquel hombre era el único amigo que tenía varios miles de años luz a la redonda. Finalmente Prudencio, le quitó el bozal y le dijo ¡Corré pingo lindo… corré por esta pampa de pastos rojos, que no es nuestra pampa, si no me mintieron para seguir ordeñándome, ya vamos a volver al pago!
Antes de ingresar al rancho, que él mismo había construido con barro y paja del extraño planeta, el hombre miró el paisaje. Dos enormes soles como bolas de fuego se ponían en el horizonte, la planicie recordaba por sus formas a los pagos de Lavalle o Madariaga pero los colores estaban revirados de una forma psicodélica. Los tonos superaban por su estridencia al verde brillante de los cultivos de soja que cubren de una piel transgénica a la Argentina, pero al final uno se acostumbraba y descubría belleza en aquello. Una vez en el rancho, Prudencio tiró un churrasco de vaca emplumada sobre la parrillita y al rescoldo puso la pava y se dedicó a preparar el mate ¿De a donde habrían sacado yerba las alienígenas? Bueno, no importaba, porque la yerba estaba buena y parecía de buena sepa. Eso sí, algo tenía esa yerba, Taragüí no debería ser, porque bastaba tomar unos pocos mates para convertirse en un súper-hombre. No el súper hombre de Nietzsche, del que el pobre gaucho nunca había escuchado hablar. La cosa era menos filosófica, y más fisiológica. Después del mate, Prudencio se convertía por varias horas en un súper padrillo. Mientras esperaba que vinieran a buscarlo para hacer el trabajo comenzó a recordar aquella noche que salió del rancho rumbo al boliche, antes de cerrar la puerta sus últimas palabras fueron: ¡Marta!... voy y vuelvo en un galopito al boliche, se me acabó el tabaco, de paso me traigo un vino. Esperame con las empanadas china linda, aprovechemos que los gurises están en lo de la abuela.
                Marta era una criolla muy bonita, de formas voluptuosas y generosas, y no austeras como las de las modelos anoréxicas. La Marta y sus curvas, al pasar hacían que la yerra, la doma, el arreo, los tractores, las camionetas y las cosechadoras  se detuvieran. Todo el paisanaje paraba de hacer lo que estuviera haciendo para mirarla pasar. Pero la Marta era la mujer de Prudencio, un gaucho pacifico y tranquilo si no se lo provocaba, pero que no le hacía asco  sacar el cuchillo si la ocasión lo exigía. Dada la habilidad que el hombre tenía con la daga y su condición atlética aportada por un cuerpo musculoso, fibroso y flexible, casi nadie quería tener problemas con él. Así que todo el mundo volvía a los menesteres camperos, luego de saludar respetuosamente a la mujer de Prudencio, y no se metían con ella. La única persona que molestaba a la Marta, era un gaucho taimado que se llamaba Anacleto.  
                El boliche quedaba apenas a un cuarto de legua del rancho, si Prudencio no se entretenía truqueando con los paisanos vagos iba a volver rápido, no había mucho tiempo entonces. Marta dijo: ¡Qué empanadas, ni empanadas… ésta es mi noche! Y presurosa fue a buscar la ropa interior que había comprado en una reunión de Gigot, para una ocasión como ésta. Se la probó, se miró al espejo y  pensó ¡Perfecto, a mi gaucho le va encantar!
                El criollo cabalgaba al galope tendido presuroso en  pos de su amada, ya de vuelta del boliche,  cuando la noche se hizo de día y la luz lo encegueció. El había visto muchas veces a la luz mala, y de tanto verla ya no le tenía miedo. Pero esta luz era diferente a todo lo conocido. Cuando sus ojos lo dejaron ver, se encontró junto a su caballo en un habitáculo que le recordó los decorados que solía ver en los programas de televisión, sin embargo este lugar era más raro aun.  Así fue como pingo y paisano fueron a parar al interior de la nave espacial que los había coptado. El hombre se pegaba al animal, y el animal se pegaba al hombre, como dos seres desamparados que se dan ánimo para superar el julepe. Y en eso estaban cuando escucharon las voces. Lo raro era que las voces, no entraban por los oídos, sino que resonaban dentro del cerebro. Alguien les hablaba, pero comunicándose a través de la telepatía. Todo fue muy confuso al principio, Prudencio y el moro estuvieron con las ideas revueltas, pero al cabo de un rato se dieron cuenta que hombre y equino podían leerse recíprocamente los pensamientos. A pesar del miedo ambos seres sintieron una profunda alegría, porque la simbiosis que los había unido siempre había llegado a su punto máximo. Cuando el gaucho descubrió la simpleza y nobleza de los pensamientos de su caballo, no pudo evitar llorar. Y pensó: ¿Cómo no los vamos a querer a estos bichos?... ¡Si son tan nobles! Mientras el caballo emanaba mensajes cerebrales tales como: Quiero pasto… quiero agua… o por favor salgamos de acá, esto no me gusta nada. Y en eso estaban cuando una voz más autoritaria se impuso dentro las mentes de ambos habitantes de la pampa ¡Basta de sentimientos improductivos e incomprensibles para nuestra civilización superior!
La comandanta de la nave se hizo presente en el habitáculo. Hubiera podido ser confundida con una mujer terrícola. Sin embargo delataban su origen alienígeno detalles tales como el color verde de la piel y el pelo. Pero lo que más llama la atención era que tenía tres tetas, de tamaño generoso pero sin llegar a la desproporción. Esta particularidad no podía pasar desapercibidas porque era resaltada perfectamente por la ropa ceñida al cuerpo. Como a todo lo raro, al principio cuesta acostumbrarse, hasta el caballo la miraba azorado. Detrás de la comandanta ingresaron al reducto,  diez mujeres más con similares proporciones despampanantes, rostros bellos, piernas largas y bien torneadas, cinturas reducidas, caderas y ancas generosas y firmes. Todas tenían tres tetas, que esta vez pasaban menos desapercibidas aun, porque las chicas se presentaron completamente desnudas. Lo único que variaba con respecto a la comandanta, aparte de las desnudez, eran los colores… Había mujeres de piel celeste, mujeres de piel azul, mujeres de piel violeta… Lo mismo ocurría con las largas cabelleras y los vellos de sus pubis, que se combinaban en múltiples variantes como un arco iris con el color de la piel. Prudencio miró a tal harem sin entender nada, y lo único que atinó a pensar es…
-          Estas chinas son raras, pero muy coloridas, tienen de todo como la Marta, son lindas, muy lindas.    
-          ¡Más vale que te gustemos paisano porque vas a tener que fecundarnos a todas nosotras, y a otras miles de la estirpe que habitan en nuestro planeta…! Le respondió la comandanta.
Prudencio intento decir con su pensamiento, que el era un hombre de una sola mujer, que la Marta se iba a enterar y que se le iba armar un lio bárbaro, que no iba poder porque se iba cansar. Pero otros pensamientos se le cruzaban, y con sus argumentos no se  convencía ni siquiera a él mismo. Además aquellas chicas que lo miraban libidinosamente parecían estar muy determinadas con su tormenta de pensamientos a convertirlo en una especie de Adán intergaláctico. El pensamiento de la comandanta se impuso sobre los demás y manifestó cual era la razón de raptar a aquel pobre gaucho con  su caballo.
-          No obstruya nuestro propósito con sentimientos de culpa que no existen en nuestra civilización. Usted ha sido abducido con el objetivo de que nuestra estirpe siga existiendo, somos de un planeta solo habitado por amazonas. Hace siglos que comprendimos que para lo único que sirven los hombres es para fecundarnos. No queremos inútiles fanáticos del deporte y los vehículos espaciales,  que son incapaces de hacer más de una cosa a la vez. Modificamos genéticamente nuestros óvulos para que rechacen a los espermatozoides “Y”, de modo tal que sólo puedan ser fecundados por células “X”. Es así que parimos sólo niñas, en nuestro planeta no nacen niños. Basta con capturar a un macho humano en el planeta tierra, de tanto en tanto, para evitar que nuestra raza se extinga. Si bien vivimos en una galaxia muy lejana, por esas casualidades de la creación los seres humanos tienen una conformación cromosómica similar a la nuestra.
-          Ta´bien señora… ¿Pero… por qué me eligieron a mí…? interrumpió con su pensamiento el gaucho.
-          Usted fue elegido porque reúne las condiciones que pretendemos, es fuerte, bello, tiene un cuerpo que nos excita, está sano; y teniendo en cuenta que es un hombre no es un ser tan despreciable. Cuando lo observamos haciendo pis en el pajonal, al ver su herramienta sexual terminamos de comprender que era el hombre indicado. No tenemos ningún sentimiento de amor por usted, sólo nos interesan sus espermatozoides y el placer que nos puede brindar, pues sólo somos fecundas cuando sentimos placer. No somos vacas para ser fecundadas con inseminación artificial.
-          Ahijuna, Canejo… ¿Cómo voy hacer para embarazar a todas las chinas del planeta? (medio asustado se le escapo a Prudencio)
-          Será acondicionado biológicamente para poder cumplir con la misión, cuando lleguemos al planeta recibirá todo lo que necesita. No será necesario que carnee a las vacas emplumadas, porque si lee sus pensamientos antes de matarlas le va dar pena,  aunque estos cuadrúpedos no piensen mucho. Nosotros le proveeremos la carne de sus asados. Al caballo lo trajimos para que le haga compañía, sólo porque en seres primitivos la tristeza reduce el rendimiento sexual. No tiene opciones, cuando consideremos cumplida su misión lo devolveremos a su planeta. Seguramente le llevara un año de nuestro planeta, nuestros días tiene 33 horas y el planeta tarda 456 días en dar la vuelta a las dos estrellas. Prepárese para hibernar, cuando arribemos al planeta una ardua tarea lo espera.
Y así fue, Prudencio trabajaba durante el día en el campo haciendo tareas livianas de rutina. Al atardecer lo venían buscar,  y hasta bien entrada la noche se la pasaba fecundando a las chicas del planeta. El número era unas doce por noche. Todo resultaba como lo había explicado la comandanta de la nave. Las mujeres se mostraban muy fogosas, y tenían más habilidades amatorias que las que se enseñan en el Kamasutra,  pero pasado el momento eran más frías que una heladera y no demostraban el más mínimo sentimiento de cariño. Cualquiera diría que este gaucho tendría que andar desganado y cansado. Pero muy por el contrario él se sentía muy bien… sería el clima benéfico del planeta o el efecto del mate… vaya uno a saber. El año planetario trascurrió, y para entonces  Prudencio había embarazado hasta al aire. El día menos pensado fue convocado por la junta de gobierno del planeta. Las amazonas allí reunidas le dijeron que su misión estaba cumplida, que prescindían de sus servicios y que habían decidido devolverlo a la tierra. Además agregaron que la razón más importante para regresarlo al pago, era que temían encariñarse de un hombre. Prudencio se mostró alegre pero preocupado, y manifestó su angustia.
-          ¡Hace más de un año terrestre que desaparecí de mis pagos! ¿Cómo hago para explicarle a La Marta lo que pasó? Va pensar que anduve de pago en pago, y de cabaret en cabaret… y de algún modo va tener razón… La amazona que presidía la junta le respondió con un pensamiento contundente:
-          ¡No sea un gaucho bruto! Hasta una mente tan elemental como la del terrícola Albert Einstein sabía que viajando a una velocidad superior a la de la luz el tiempo deja de transcurrir. Nuestras naves superan los 300.000 kilómetros por segundo, y nosotras con el tiempo hacemos lo que queremos. Prepárese, la Marta lo está esperando con lencería, portaligas y puntillas. No se preocupe le vamos a dar varias raciones de nuestra Yerba mágica, créame que la va necesitar. A su caballo le injertamos unos testículos de toro emplumado, pobrecito usted lo capó cuando era potrillo… el también tiene derecho. A usted queremos hacerle un regalo, conservará su poder telepático pero sólo con el caballo. 
El viaje de regreso a la tierra fue veloz, y de pronto Prudencio y el moro overo se encontraron en el recodo del camino donde el habían sido abducidos. Era como si el tiempo no hubiera transcurrido, como si todo hubiera ocurrido en un segundo. Al cabo de galopar un corto trecho. Prudencio llegó al rancho, y más rápido que ligero le sacó el apero, el freno y el cabestro al caballo, y lo largó en la pampa. La yegua ruana, saludó al moro con un relincho alegre, pero antes de que pudiera decir otra vez agua va, el moro ya la había montado y servido. La yegua, ni siquiera estaba en celo, pero se sintió feliz. Porque siempre le había gustado el moro, pero no dejó de sorprenderse porque éste en el plano sexual siempre se había mostrado indiferente. Prudencio entró al rancho, la Marta lo recibió con una sonrisa feliz y lo beso apasionadamente. Pero repentinamente se mostró molesta, esquiva…. Su intuición y olfato femenino le decían que había gato encerrado. Apartándolo con los brazos le dijo:
-          Tene´ un perfume raro ¿De donde veni´vo´?
-          Del boliche… ¿De ´onde voy a vení? El perfume debe ser del pelotudo de Froilán, que anda mamao´ de cabaret en cabaret, y cada vez que me ve en el boliche insiste en saludarme con un abrazo.
-          Al perfume del borracho Froilán, lo conozco… este es diferente.
-          Bueno… no sé mi prienda… debe ser la primavera… el amor. Venga con su gaucho y no me cele ¿Usted que cree que soy un súper padrillo, para andar con mozas por ahí en una ida y güelta de 30 minutos? ¿No queré´ tomar unos mates?
-          ¿Unos mates??? ¡Ni loca, vení que te muestro una tanguita linda que tengo debajo del vestidito de paisana!
De más está decir que Prudencio, no necesitó la yerba mágica, el juego amoroso se prolongó largas horas, y lo más lindo de todo fueron las caricias y los mimos que se prodigaron aquellos paisanitos. En el universo puede haber mujeres, rojas, verdes o amarillas… Pero para Prudencio la  Marta es la Marta.         
               


2. El Overo Moro 
              

              
                De nada valieron alambrados de siete hilos, ni corrales aparentemente infranqueables, porque el overo moro los saltaba, o rompía. Nuevos bríos se apoderaron del pingo,  y no hubo yegua que se le resistiera en el pago. Con tal de servir a una hembra de su especie, el caballo apelaba a toda su inteligencia y testarudez. Si lo ataban se ponía como loco, corcoveaba todo el tiempo, tiraba coces al aire y relinchaba como un demonio. Recordemos que el gaucho podía leer los pensamientos del caballo y viceversa. Así que las conversaciones telepáticas discurrían entre la intención del paisano por calmar a su amigo, y la excitación del equino que puteaba constantemente a su dueño, y manifestaba ideas, que no tienen traducción en nuestra lengua, pero cargadas de fogosidad y erotismo equino. Según dicen la telepatía supera la barrera de los idiomas, los pensamientos fluyen, y las ideas son claras pero sin palabras.
A Prudencio  en algún momento se le ocurrió hacer lo que nunca había hecho, manearlo para evitar que el pingo se le escapara. Sin embargo el animal corría como flete de indio cuando lo bolean. Esto al gaucho lo preocupaba, porque no quería que su caballo terminara quebrado y enredado en algún alambrado culpa de la disminución que le producía la manea. Así que decidió dejarlo nomás. El paisano ya sabía que cada mañana al levantarse tendría que salir a campear al caballo por los potreros cercanos y no tan cercanos. Amén de pedirles disculpas a los paisanos vecinos enojados, pues el moro no discriminaba entre yeguas criollas, mestizas, pura sangre, de polo o de salto.  ¿Que se le iba a hacer? Al moro se le había subido la testosterona a la cabeza. 
                Si bien al principio los problemas ocasionados por el caballo no eran menudos, la cosa después se complicó más. La naturaleza siguió su ritmo y los primeros potrillos comenzaron a nacer. Si antes los vecinos estaban enojados, ahora estaban rabiosos de furia, pavor y desconcierto. Los hijos del moro, se veían fuertes, sanos y proporcionados, pero lo malo era que en lugar de crines  tenían plumas. No las plumas coloridas y arrogantes de la cola de un pavo real, sino más bien las plumas apelmazadas y feas de un chajá viejo y mojado. Para cumplir con sus objetivos de padrillo obsesivo el moro había causado mucho revuelo. Entonces nadie dudó de que fuera el culpable de esa estirpe maldita.
Los veterinarios no supieron a que atribuir el fenómeno. Solamente uno de ellos se envalentonó pretendiendo refutar la teoría de Charles Darwin. El Doctor Anselmo Desvariani sostuvo que el caballo es un mamífero, y que por lo tanto es pariente de los seres humanos. Entonces si nacen potrillos con plumas, se debe a un salto genético para atrás. Por lo cual se puede deducir que los equinos descienden de las aves, y que en pocas palabras… los hombres no venimos de los monos sino de las gallinas, y que de hecho caminan en dos patas. A la comunidad científica esta teoría le pareció muy tirada de los pelos… o de las plumas.
Las viejas curanderas del pago, le  buscaron una explicación mística al asunto, leyendo las verrugas de los sapos o las propias manchas del overo moro, y llegaron a la conclusión que lo ocurrido había sucedido gracias a la intervención del mismísimo mandinga. Los curas sanadores y varias ramas de las iglesias evangélicas llegaron al mismo puerto que las brujas pero por otros caminos. Como Fabio Zerpa no opinó sobre el asunto, a nadie se le ocurrió que el hecho se debía a la intervención alienígena.
El paisanaje estaba asustado, y temía que algo peor estuviera por suceder. Entonces comenzó a circular la idea de que lo mejor era sacrificar al moro y a todos los potrillos, pero absteniéndose de consumir la carne. No sea cosa que después los bebes nacieran con plumas. El gauchaje afilaba sus cuchillos, y se preparaba para la carnicería, pero nadie se animaba a cumplir con la faena. Pues el problema no era apuñalar simples caballos, sino acuchillar pingos poseídos por el diablo. Fue entonces cuando a alguien se le ocurrió que la mejor manera de sacrificar al moro, era utilizando a Prudencio como instrumento. El debería ser el autor material del asesinato. Total si Lucifer habría de enojarse, lo haría con el pobre gaucho.
Era la tarde, y la hora en que el sol la cresta dora de los andes, como diría Don Esteban Echeverría,  cuando la muchedumbre rodeó el rancho de Prudencio. Allí estaban los gauchos más reputados del pago, sus mujeres, sus hijos y las viejas chusmas, llevaban antorchas,  portaban un enorme crucifijo y gritaban enardecidos cosas como: ¡Echá pa´tras mandinga! ¡Muerte al overo moro del diablo!
                Prudencio salió del rancho, altivo, seguro de sí mismo, y dijo…
-          ¿Qué pasa hermanos que están metiendo tanta bulla? ¿Hay baile y yo todavía no me enteré?
-          Es que tenés que matar al caballo… Si no vaya a saber lo que pasa…  dijo, con una vos aflautada e insegura, uno de los que sostenía la enorme cruz
-          ¿Cómo pretenden que yo, que lo crie de potrillo, clave en su pecho un cuchillo…? Replicó Prudencio, parafraseando a Hernan Figueroa Reyes, y  luego agregó…
-          No mataría a mi caballo, ni que fuera un mancarrón. Así que menos voy a carnear a un flete de número como mi overo moro, sólo porque se puso querendón con las yeguas del pago. ¡Dificulto, dijo Luna… que al chancho le salgan plumas!  Y ahora le salieron plumas a lo potrillos… ¿Y qué? Si hay algún gaucho que quiera finar a mi moro, o a cualquiera de sus potrillos, primero ese sotreta va a tener que vérselas con el filo de mi facón. Si hay más de uno… no me importa cuántos son, sino que vayan saliendo.
El murmullo de la multitud se apagó, y la gente perdió el entusiasmo en su casería de brujas. Un paisano viejo y encorvado, sin dientes, pero bien ataviado con ropas criollas, se puso al frente del gentío y gritó:
-  Yo conocí al finado agüelo y conozco al padre de Don Prudencio, y a tuita la familia, siempre han sido gente güena y de ley. Volvamos pa´ las casas ¿Pa´que vamos a hace un barbaridá? ¡Si lo de los pingos es cosa de Mandinga o de Dio… ya eimos de saber. Recémosle a la virgencita que tuito se va a arreglar!   
El pobre viejo fue dar de bruces a un charco, gracias al empujón que le dio, para apartarlo y abrirse paso, un hombre que venía cebado por el convite de Prudencio. Anacleto Villalva se colocó a diez pasos del defensor de la morada, tenía el facón desenvainado en mano derecha y el poncho enrollado en la otra.  Prudencio conocía a este gaucho taimado, era amigo de lo ajeno y pendenciero. Pero además tenía un problema personal con él, pues el matrero solía molestar a la Marta piropeándola con barbaridades que no se le dicen a una dama. Y el hombre estaba despechado porque la Marta jamás se había dignado ni siquiera a mirarlo.  Prudencio lo miro con desprecio y le dijo:
-          Veo que hay un maula que aprovecha esta partida para sacarse las ganas que de mí tiene por otras cuistiones, y  que no tienen nada que ver con el moro.  
Anacleto se le fue al humo y le hizo un tiro, mientras echaba espuma por la boca diciendo
-          ¡Te voy a carnea´ jue’ perra!
Prudencio ladeo la cintura arqueándose como una vara de mimbre. Si no fuera por ese movimiento ágil la daga le hubiera entrado en las tripas, pero afortunadamente ésta sólo le rozó la cadera. Si él hubiera sido un hombre más barrigón, Anacleto le hubiera hecho una lipo-aspiración gratis. El peligro, y la determinación que tenía el oponente para matarlo pusieron furioso a nuestro gaucho, pero no le hicieron perder el control. A la pasada, como hizo Fierro con el negro, le asestó un planazo certero en la frente. Si bien el filo del cuchillo no había tocado la cabeza de Anacleto, este comenzó a sangrar profusamente debido a la rudeza del golpe propinado por un brazo hercúleo. El matrero se puso ciego como toro de lidia herido y volvió a arremeter con extrema violencia, pero esta vez más chapucero. Prudencio  midió y estudió todos los movimientos en un segundo. Pudo haber levantado al agresor con su cuchillo como a una bolsa de huesos, pero prefirió no matarlo, y se conformó con darle un hachazo descendente en una oreja que casi quedó colgando. Anacleto estaba regalado, sangraba como un manantial rojo y en el revuelo había perdido el facón. Hubiera bastado una puñalada para que estire la pata, pero Prudencio optó por una descomunal patada en los huevos. El gaucho taimado quedó fuera de combate y mal trecho, pero vivo. Acto seguido el vencedor, levantó en vilo con un solo brazo al caído agarrándolo de la ropa, mientras con la otra mano sostenía la daga cuya punta le apoyo en el gañote… y le dijo:
-          ¡Podría matarte como a un perro, pero me das asco, ni siquiera mereces la muerte del cusco más ladino y traidor.
Luego, dirigiéndose a la multitud, agregó:  
-          ¿Alguno más quiere dirimir cuistiones conmigo?
La gente se quedó tranquila en su lugar, la manifestación antisatánica había concluido, pero todos querían chusmear.  En eso estaban cuando se escucho la sirena de un patrullero. La Marta, mientras todo ocurría, no perdió tiempo. Escondió a  los gurises debajo de la cama, llamo la policía desde su celular y se apostó en la ventana con la escopeta del doce grande lista para disparar. Dada su destreza, era totalmente improbable que la Marta le errara a un blanco, pero no abrió fuego por miedo a pegarle a Prudencio o a cualquier inocente. Eso fue el otro motivo que salvó de la muerte a Anacleto. Si la Marta hubiera tenido la certeza de que no hería a otra persona, le volaba la cabeza.
 Alguien grito:
 – Abran cancha que llego la POLECIA! 
 En un abrir y cerrar de ojos, cuatro agentes y el comisario se habían apeado del móvil. El jefe era un hombre cincuentón, fornido, barrigón, y bigotudo. Cómo le hubiera sucedido al comisario correntino Don Frutos Gómez, le bastó una mirada de la escena para entender lo que pasaba y saber cómo tenía que actuar para no complicar la cosa.  El Comisario estaba acostumbrado a las peleas de gauchos, y sabía que tenía que calmar a Prudencio hablándole tranquilo y sin gritarle, pero firmemente y con autoridad. Lo miró a los ojos y le dijo:
-          Mocito deme ese cuchillo, no sea cosa que se lastime. Ya le dió su merecido a ese gaucho vago y mal entretenido. De paso me sacó las ganas que yo tenía, porque me vengo conteniendo para no cometer apremios ilegales. Soy un policía honesto y no recurro a esos métodos, pero con malandras propensos al abigeato como Anacleto dan ganas… ¡Deme el facón amigo!
-          El cuchillo, es como el pingo o la mujer… no se empresta comesario, dijo Prudencio retobado
-          Tiene razón mocito… Bueno por lo menos guárdelo, y tranquilícese. Ya pasó, no lo vamos a llevar preso… Bueno a usted no… pero vamos a tener que poner al moro en cana por un tiempito hasta que todo se aclare.
Aunque a Prudencio no le gustaba nada entregar su caballo, confió a regaña dientes en el comisario y ayudó a cargar el pingo en un trailer para que lo lleven a la división de caballería de la policía. Mientras tanto dos agentes con poca vocación de enfermeros, y más bien preocupados por no ensuciar el tapizado del móvil nuevo que había enviado el gobernador, le envolvieron la cabeza a Anacleto con un poncho y lo llevaron al hospital. Prudencio también debería haber ido  al hospital porque el corte que tenía en la cintura necesitaba varios puntos. Pero prefirió coserse a lo Rambo, con hilo de salamín  y sin anestesia. Luego la Marta se ocupó de ponerle compresas con hojas de “palán palán” y grasa de tractor. Aunque parezca mentira no hubo infección y se curó rápidamente.   
Cuando al pobre moro lo encerraron en un box de la caballeriza le agarro un ataque de furia. Tanto corcoveó y pateó, que no hubo vigilante que se animara a abrir la puerta. Llamaron al dueño del caballo para ver si lo podía calmar. Bastó que Prudencio se acercara, y meditara un rato,  para que el pingo cambiara la actitud. Pero un pensamiento del equino se clavo en el corazón del gaucho como un puñal, era como una pregunta ¿Por qué me traicionaste? El gaucho lagrimeando le  hizo saber que no era traición, que haría lo que sea porque recupere la libertad, pero que por el momento se tendría que quedar ahí. Con el paso de los días la furia del moro se convirtió en tristeza, a tal punto que casi no comía. Al cabo de un mes el caballo adelgazó, se debilitó, y las yeguas de los boxes contiguos no le interesaban. Prudencio estaba tan triste como el moro, pero también irascible y en cualquier momento podía sacar a relucir el facón contra quien se le cruzara. El gaucho iba a visitar a su caballo a diario. El moro comía, sólo un poco cuando Prudencio le colocaba el morral.   
El problema no se resolvía y  las ideas genocidas volvieron a ponerse en boga, pero ya no promovidas por los paisanos, ni las curanderas o curas sanadores. A un juez inútil, gordo y aburrido en su escritorio, se le ocurrió dictaminar que el moro y los potrillos emplumados constituían una gran amenaza sanitaria para la actividad agropecuaria de la Republica Argentina y el Mercosur. Según el leguleyo, al desconocerse el origen del fenómeno, se ignoraban también las consecuencias a largo plazo, por lo tanto lo mejor era erradicar la causa sacrificando semental y potrillos. Cuando parecía que la sentencia iba a quedar firme, y por lo tanto se iba aplicar.  Ocurrió un milagro, la Asociación Ornitológica de General Madariaga presentó un recurso de amparo argumentando que si los potrillos tenían plumas eran aves.   Y que además de ser pájaros, eran muy raros porque tenían cuatro patas. Continuaban explicando en el escrito presentado que el moro no tenía pluma, pero que procreaba hijos con plumas y que por lo tanto era algo así como un gallo que pisaba yeguas en lugar de gallinas. Ante el recurso de La Asociación Ornitológica el juez gordo se declaro incompetente. Y afortunadamente intervino en la causa un juez flaco y diligente, que estaba muy ocupado en causas más importantes. Cuando termino de leer el expediente llamo a los gritos al secretario del juzgado y le dijo: “¡Déjense de joder con los potrillos con plumas y el moro sexópata! ¡Por favor escriba un dictamen cortito liberándolos por falta de merito, yo lo firmo! ¡Basta de romper las pelotas con pelotudeses y dedíquemosnos a resolver homicidios, asaltos, hurtos y robos”  
El Moro volvió a ser libre en su querencia, al principio le costó un poco recuperase, pues su estado de salud estaba muy venido a menos. Pero el sol de la llanura pampeana, los buenos pastos y los mimos de Prudencio lo recuperaron. Otro milagro ocurrió. A los potrillos descendientes del moro, al cabo de unos meses, se le cayeron las plumas, y en su lugar nacieron largas y fuertes crines. El caballo siguió siendo un gran semental, pero ahora todo era más tranquilo, pues eran los vecinos los que traían las yeguas para que el moro las fecundara. El Pingo ya no tenía necesidad de saltar alambrados ni hacer locuras, y Prudencio salió de pobre con los servicios que prestaba el padrillo criollo. Los hijos del moro, siempre se convertían en espléndidos potros, buenos para lo que guste mandar. Eran excelentes para las cuadreras, carrera de sortija, polo, pato y hasta salto, pero sobre todo inmejorables compañeros de los gauchos.      

martes, 19 de julio de 2011

La Séptima hora, o confesiones de un chupa medias



Por mucho que se esforzara la cordobesa no lograba conmoverme con aquella vivisección que hacía de la lengua castellana, yo era un vago de siete suelas que no estaba dispuesto a hacer el menor esfuerzo para entender aquel descuartizamiento de las oraciones que implicaba su análisis sintáctico. ¿Sujeto o predicado? ¿Bimembre o unimembre? ¿Modificador directo? ¿De quién? A mí no me modificaba en nada. Sonia, tampoco llegaba a despertar mi interés con el análisis morfológico… A las 10 de la mañana, la palabra morfológico me remitía a un verbo: MORFAR ¡Sí, yo quería morfar! ¿Que no hubiera dado por un buen sanguche? Sí san-gu-che y no sándwich o emparedado. Nada de anglicismos o palabras de castellano neutro inventadas por Hollywood. Yo a esa hora quería un sanguche bien argentino. Un pan enorme de campo, varias fetas de mortadela o salame, queso y como aporte gringo... mayonesa Hellman´s. Sin embargo en la hora de castellano, o en la de cualquier otra materia, no había tal apetitoso manjar para apagar mi hambre adolescente. La profe Petrini insistía con adjetivos, verbos, adverbios y preposiciones mientras mi mente divagaba por suburbios que se alejaban del centro gramatical… hambre, sueño, ganas de escuchar el último LP de Alan Parson Proyect, o el de Serú Giran, me apartaban de los conocimientos que Sonia intentaba meterme en la cabeza usando mis orejas como embudos. Sin embargo, la culpa era toda mía, por ser tan adolescente, tan indolente, tan bruto.
Si el hambre se hacía sentir a las 10 de la mañana, entre las 12 y la 1 era insoportable. La séptima hora era la máxima de las torturas, pues hasta el más traga libros hubiera preferido estar en su casa. No obstante cuando teníamos castellano ocurría un milagro, que al menos a mí me apartaba de pensar en milanesas con papas y huevos fritos. La cordobesa no era tonta, sabía que si a esa hora empezaba con la cantinela del análisis  morfológico y sintáctico, se iban a dormir todos, hasta el flaco Benhard. Era entonces cuando Sonia demostraba que los adolescentes eran una subespecie de la raza humana. ¡Qué cierta sensibilidad los apartaba de la categorías de bestias! ¡La palabra mágica era “literatura”! La profesora Petrini sacaba un libro y se ponía a leer en voz alta. Escuchar los cuentos de Ray Bradbury, Edgar Alan Poe, Manuel Mujica Laínez, o tantos otros, era un viaje esplendido.  Entonces yo me preguntaba y pensaba ¿Para qué andar separando minuciosamente los ingredientes de la lengua castellana, como tilingos, con análisis sintácticos y morfológicos? La séptima hora demostraba que  era mejor fagocitarla de a grandes bocados, como si fuera el sanguche soñado a las diez.

lunes, 18 de julio de 2011

El Anfibio de Don Carlos Gesell

La memoria con el paso del tiempo se llena de agujeros, como si fuera un trapo apolillado. Es entonces cuando uno reteje las porciones de pasado que le faltan a esa tela, inventado inconscientemente  cosas que quizás nunca ocurrieron. A la tela original y a los parches inventados los llamamos recuerdos. 

El Anfibio de Don Carlos
Según yo recuerdo, el anfibio de Don Carlos Gesell era un artefacto enorme, tenía entre ocho y diez metros de eslora y tres de manga. También era bastante alto, creo que 3 metros. Tenía unas ruedas lisas de avión muy grandes, como las que usan los camiones 4x4 canadienses. Estaba pintado de dos colores… naranja y blanco. Visualmente era un barco con ruedas, como esas seudo-embarcaciones que hacen paseos por la Boulevard Marítimo en Mar del Plata. Al anfibio del fundador lo vi paseando unas pocas veces por las calles de Villa Gesell, o por la playa; pero jamás por el mar.
Mi padre, Jorge Mario Roncoroni, en su calidad de abogado tuvo la oportunidad de asesorar legalmente a Don Carlos Gesell. Siempre lo recordaba con gran cariño y le encantaba contar anécdotas que reflejaban la personalidad genial y excéntrica de Don Carlos. En una época, a mediados de la década del 70, mi progenitor periódicamente se reunía con Gesell en la casa del pinar del norte. Allí tenía la oportunidad de charlar de cosas que eran ajenas a su trabajo, Don Carlos le contaba sus proyectos, le hablaba de sus inventos y sus sueños.
El famoso anfibio fue fabricado en forma artesanal en los talleres de la administración Gesell, Don Carlos hacía los dibujos y aportaba las ideas centrales y Rubén Collado construía el vehículo y contribuía con sus propias invenciones. El constructor de la embarcación era conocido en el pueblo con el mote de “El Loco Collado”. Sus reiterados fracasos al intentar hacer flotar el anfibio en el mar, hicieron que el prestigio de esta persona cayera como por un tobogán entre la opinión generalizada de los geselinos. La mayoría de la gente, creía que Collado era sólo eso… un loco. Sin embargo, loco o cuerdo, en la década del 80 y 90’ Collado demostró ser un genio. No construyendo anfibios, pero si descubriendo y rescatando naufragios de barcos españoles, repletos de monedas de oro y otros objetos de gran valor económico e histórico, en el Río de la Plata.   
Al ver que los experimentos con el anfibio iban de mal en peor, y que la flotabilidad del mismo era precaria, un día mi padre le hace una broma a  Carlos Gesell… Le dijo con sorna:
-          Oiga, Don Carlos ¿Cómo anda el submarino?
-          ¿Qué submarino… doctor? Dijo Gesell desorientado
-          ¡Ese aparato naranja y blanco… que anda más por abajo del agua, que  por la superficie.
-          Je… Je… No me parece graciosa, su broma… respondió Don Carlos algo enojado.
-          No se enoje, Don Carlos, es una broma, yo lo respeto y admiro todo lo que usted hace. Sólo que a veces, como soy un hombre práctico, no lo entiendo. ¿Cuánto dinero lleva gastado en su Anfibio, y los honorarios del loco Collado? ¿No vió los remates de la Armada que salen publicados en el diario La Nación?
Carlos, abrió lentamente el cajón de su escritorio, y comenzó a sacar recortes de diarios, eran los avisos a los que mi padre hacía referencia, allí había varios anfibios de la marina publicados. Don Carlos dijo….
-          Claro doctor, ya sé que la Armada vende anfibios. Y ya saqué la cuenta, realmente es más barato comprar un anfibio hecho y repararlo en lugar de construir uno desde cero. Pero si compro un Anfibio, ya hecho… ¿Yo cómo me divierto?    
Ese día mi padre comprendió cabalmente la personalidad de Carlos Idaho Gesell, y se dio cuenta de que lo locos son los que no sueñan.