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Juan Pablo Roncoroni, Villa Gesell. Tengo varios blogs que versan sobre distintas cosas... la cerveza, el placer de viajar con mi mujer y mis hijos... y otros temas.

domingo, 21 de agosto de 2011

Eclipse de aire,


Eclipse de aire,
asfixia del viento.
Ejército de grillos o grilletes.
Coctel de pastillas y aerosoles.
Carrera interrumpida.
Vigilia inútil y psicótica.
Invasión de alienígenas microscópicos.
Leche, miel y whisky.
Andar errante de noche por la casa…
mientras Geral y los chicos duermen.
Batalla perdida o triunfo pasajero.
Dialogo irreverente con la muerte…
Prórrogas de la Vida
Lectura para distraerse,
Computadora asesina de tiempo.
Putearlo a Dios y pactar con el Diablo.
Invierno del orto…
Playa caribeña añorada
Odio, Bronca, Impotencia….
¡Asma!


Juan Pablo

lunes, 8 de agosto de 2011

Cruzando Campo y Siete Tranqueras


                Vinimos de vacaciones a Villa Gesell en 1968, yo apenas tenía tres años. Vagamente recuerdo que dormíamos en una carpa. Mis padres nunca tuvieron espíritu de camping, pero supongo que optaron por la opción más barata porque tenían siete hijos. No sé como entramos en aquella vieja tienda canadiense, y menos puedo imaginar cómo cabíamos nueve personas en una Rural Fiat 1500. Supongo que apilados uno arriba del otro. Imagino a los mellizos sentados con las piernas recogidas en área de carga, a Jorge, Marcela, Antonio y Raquel  apretados y peleando en la segunda fila de asientos. Mi padre manejaba y yo iba sobre las faldas de mi madre en el asiento del acompañante. En aquel entonces los cinturones y otros dispositivos de seguridad eran un lujo digno del Apolo XI. Supongo que nuestra ropa, la carpa y otras cosas irían arriba de Atilio y Vicente, los mellizos. Vivíamos en Lobería, un pueblo rural del sudeste de la Provincia de Buenos Aires, pero nuestro viaje a Gesell cambió nuestro destino. A mis padres les encanto aquella villa repleta de médanos y calles de arena, y compraron un terreno sobre la Av. Buenos Aires, a tres cuadras del mar, frente al Club Español. 
Mi padre comenzó a alternar su profesión de abogado con su nuevo emprendimiento… construir unos locales y departamentos en el lote adquirido. Por eso tenía que viajar seguido a Gesell. No todos los hijos participábamos de todos los viajes al paraíso descubierto, pero era seguro que la pobre Fiat venía llena de cosas y personas. Cuando no cargaba con hijos lo hacía con paisanos loberenses avenidos a obreros de la construcción; o entenados como mi primo Vicente quien vivía con nosotros y siempre estaba presto para el viaje con tal de faltar al colegio. El periplo de Loberia a Villa Gesell era toda una aventura. El asfalto no cubría la totalidad del camino, gran parte del recorrido eran huellas que atravesaban campos privados. Para pasar era necesario abrir siete tranqueras, mis hermanos se peleaban,  porque todos querían bajar corriendo para cumplir con la tarea;  sólo  recelaban de descender  del auto cuando adivinaban la amenaza de  algún toro. Todo era una oportunidad para enseñanza y la educación,  papá nos instruía para que aprendiéramos a ser considerados y respetuosos. Nos decía, por ejemplo… ¡Si la encontraron cerrada, jamás dejen la tranquera abierta, así evitaran problemas con los paisanos! ¡Si las vacas se llegan a comer el maíz, se va armar un lío! El viejo, que para entonces era más joven que yo ahora, también nos hablaba de otras cosas;  y así aprendimos sobre las razas bobinas, las aves,  los cultivos, y las costumbres de la gente del campo. Yo era muy chico para entenderle, pero él mantuvo esa costumbre de contar cosas mientras viajaba, durante toda su vida. Así que por suerte no perdí sus enseñanzas.
 Cuando había buen tiempo el camino estaba lleno de baches y polvo, pero cuando llovía todo se convertía en un barrial. Era entonces cuando mi padre demostraba su habilidad para manejar en el barro, iba despacio y por la huella. En algunos momentos todos teníamos que bajarnos y empujar. La Fiat y todos sus ocupantes terminábamos enlodados. Pensar que ahora hay gente que paga por una travesía como la nuestra. Para nosotros la diversión era gratis.
Si bien, luego perdió la costumbre por piedad a los animales, mi padre mientras veníamos cazaba. Llevaba siempre en el auto una escopeta y tenía una puntería certera. Generalmente al llegar a Villa Gesell, contábamos con unas cuantas perdices, patos o liebres. Mis hermanos, con asco y a regaña dientes, desollaban a las víctimas; y mi madre las preparaba magistralmente, engrosando  la cantidad de comida con arroz para que alcanzara para todos.  
En 1971, cuando los primeros locales estuvieron medianamente terminados nos vinimos a vivir a Villa Gesell. Ocupamos algunas dependencias, mientras se construía en el primer piso el departamento que sería nuestra casa. Al principio ninguna de las cocinas estuvo lista, entonces mi madre cocinaba guisos sustanciosos para 15 personas, su familia y los obreros, en un calentador a querosén Bran Metal. La mesa estaba improvisada con tablones de obra y el piso era de arena.
En un local diminuto mi padre instaló su Estudio Jurídico. La oficina no tenía sala de espera, abrías la puerta y te lo encontrabas sentado a él sentado en un escritorio. Había una máquina de escribir Olivetti, y unos cuantos libros, nada más.  Así se comenzó a trabajar el primer abogado residente en Villa Gesell, porque para entonces los letrados venían de Madariaga para  cumplir con sus diligencias.
Pasaron 40 años de la llegada de la familiar Roncoroni a Villa Gesell, de aquellas nueve personas iniciales quedamos siete, mi hermano Jorge y papá ya no están, pero de todos modos somos muchos más. Martita, mi madre, disfruta hoy de 18 nietos y 4 bisnietos, y la gran mayoría de ellos viven en Villa Gesell. Muchas veces las historias de las familias están llenas de pequeñas epopeyas. Al mundo no lo construyen sólo las personas celebres que sobreviven al olvido y el paso del tiempo. Por eso me gusta referir estas microhistorias y que otras personas lo hagan. Las grandes hazañas de la humanidad no hubieran sido posibles sin la gran masa de desconocidos.

                                                        Juan Pablo Roncoroni