Datos personales

Mi foto
Juan Pablo Roncoroni, Villa Gesell. Tengo varios blogs que versan sobre distintas cosas... la cerveza, el placer de viajar con mi mujer y mis hijos... y otros temas.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Muerte subita, o casi!


Que dijo el pelado sobre el joven  de la mesa de al lado:  
          
El joven de la mesa de al lado charlaba animadamente con una chica muy bonita. El pibe estaba vestido con ropa cara, según delata la confección y calidad de las telas que acentuaban su arrogante belleza varonil. La señorita rellenaba muy bien un vestidito corto. Ambos no habían escatimado en perfumes ostentosos. Mi sentido del olfato es muy agudo, pude percibir en ella: Lady Million de Paco Rabanne; y en él: The One de Dolce Gabbana. Mi oído no es tan fino, pero como  estaba un poco aburrido y curiosidad no me falta, paré la oreja. Así pude escuchar que el muchacho alardeaba y hacía un gran esfuerzo por agradarle a la rubia de finas facciones y voluptuosos formas. De la conversación pude deducir que era la primera cita. El chico venía bien, era gracioso, ocurrente, y tenía la labia de un gran cazador; pero también se mostraba como un alma sensible. La chica se reía, parecía feliz y relajada. Él repentinamente se paró muy presuroso interrumpiendo el hilo de la conversación que llevaban, y le dijo:
- ¡Ya vuelvo, no te escapes linda… esperame…!
Sin darle tiempo a que ella respondiera se dirigió a la barra, no pude escuchar, pero algo en voz baja le dijo al barman. El hombre le respondió moviendo la cabeza y con morisquetas indescifrables, también dijo algo que la música me impidió escuchar. Ante la respuesta dada por el barman, la cara de terror del pibe fue notoria, por su expresión parecía que había visto a la muerte. Sólo atino agarrarse de la barra, y allí se quedo largo rato parado con la mirada perdida. A mí me gusta curiosear pero cuando las cosas se complican y la gente necesita ayuda prefiero tomarme el palo. Si el pibe se moría, iba tener que salir de testigo. Entonces para evitar problemas deje la plata de mi café sobre la mesa y me  fui. Cuando estaba cruzando la puerta sentí olor a muerto, quizás vendría de Lázaro Costa, la Funeraria vecina.

Que dijo el duende omnisciente, que vive dentro y fuera de todos:

Roberto es un tipo piola, simpático, entrador y muy buen mozo. Nunca se tomaba las relaciones amorosas en serio. Es joven… y tenía la firme convicción de seguir sin compromisos, solterito y sin apuros. Podemos decir, aunque la palabra sea un poco antigua, que Roberto es un dandy… Un dandy posmoderno al que no le cuesta levantar mujeres. Si las cosas se complicaban con una, invita a salir a otra. Sin embargo todo cazador tiene su presa difícil, y por tanto codiciada. La Rubia trabajaba en la misma empresa que él pero dos pisos más abajo. Roberto nunca había ido a esa oficina porque está en otra área de la corporación. Pero un día la casualidad lo llevo a la madriguera de la seductora oficinista. Bastó este hecho para que el tipo se apareciera a diario por allí argumentando que tenía que hacer algún trámite. Si se da cuenta que vengo por ella no me importa, pensaba. La chica era amable pero al principio no le dada el más mínimo calce. Reía alegre y daba gracias ante flores, bombones y chocolates, sin embargo descartaba la posibilidad de salir con un Don Juan. Roberto comenzó a sentir otra cosa, algo que jamás le había pasado con otra mujer. Y pensó… ¡Si me da bola, yo con esta mina me caso! Ella percibió que las intenciones no eran tan superficiales, y un día acepto su invitación a tomar un café. Se encontraron en un bar muy glamoroso, ambos iban vestidos para la ocasión y su producción superaba a la elegancia impecable que los caracterizaba habitualmente. La atracción física entra ambos fluía, y sobraban las  palabras. Ella se sintió avergonzada cuando instintivamente deposito la mirada sobre el bulto que se le formó a él en la bragueta cuando se sentó, y pensó ¿Todo eso, serán atributos masculinos o pliegues de la fina gabardina? Él se perdía en la profundidad de los ojos de ella, pero no podía evitar que su mirada bajara al generoso escote. Sin embargo, había mucho más que atracción física, el amor comenzaba a echar raíces. En eso estaban, cuando él se levanto y le pidió que lo esperara. Fue hasta la barra y hablo con el barman, y este le contesto amablemente pero algo contrariado y negando con la cabeza. Roberto sintió, que el mundo se venía abajo y que todos sus sueños se esfumaban para siempre. Que se descompensaba. Sólo atinó a agarrarse de la barra. Sus ojos perdieron el brillo, y se pusieron blancos.

Que dijo  Roberto:

Me llamo Roberto, y les voy a contar lo que me paso. Todo el mundo cree que soy una persona segura, pero es más una cuestión de actitud que de seguridad. Si bien nunca tuve problemas para relacionarme con las mujeres, en el fondo soy un tipo tímido. A pesar de ello, siempre me sobrepuse a mi timidez. Porque en realidad no me importaba perder, yo sabía que al NO lo tenía seguro. Entonces, luchaba por el SI. Si total, cuando una chica me decía que NO o se hacía la interesante, yo buscaba otra dispuesta a decir que SI. A mí siempre me gusto vestirme bien, estar bien afeitado, impecablemente peinado, ser amable y caballero con las chicas ¡Pero no jodamos, sin compromisos! Todo fue así hasta que apareció la rubia. Amalia, me hizo aflorar sentimientos que yo desconocía. Al principio me arrimaba a su escritorio haciéndome el langa, pero después la blonda me fue calando el corazón ¡Amalia está rebuena, es un caramelito, pero además es una mina reposta, su alma también bucea en la absoluta belleza! Así que chocolate va, poema viene, un día me dijo que aceptaba tomar un café porque quería saber cuáles eran mis intenciones. Yo me puse las mejores pilchas y le pedí prestado un poco de perfume a mi primo. Nos encontramos en un bar al que siembre voy, en Callao y Santa Fe… o por ahí. Ella llego hecha una diosa. Estaba más linda que de costumbre, lo que parece imposible porque ella siempre se veía esplendida. Tenía un vestido sencillito y breve, que le quedaba hermoso ¡Que escultura viviente…Madre mía! Nos sentamos, pedimos unos cafés, ella quiso una porción de torta. Charlamos, nos reíamos, nos contamos nuestras vidas hasta donde eran confesables. ¡Era como si estuviéramos flotando…! ¡Y qué par de Tet…! Perdón,  digo… de ojos tan bellos. El café, estaba fuerte, como muy acido, pero yo no le di bola… me lo tome igual. Mira si iba darle pelota al café, cuando ante mí estaba la mujer de mi vida. El pelado de la mesa de al lado era medio pelotudo, olfateaba el aire como un perro, y se ponía la mano en la oreja como queriendo escuchar. Mira si sería rara su actitud, que me di cuenta de que existía. ¡Pero NO! ¡NO pelado, vos no existías! ¡Lo único que existía en el mundo era ella, ella y sus formas, ella  y sus manos, ella y sus palabras, ella y el aire que la rodeaba! Tanto me concentre en ella, que me olvide de mis trámites personales. Y cuando me di cuenta ya era demasiado tarde. Sin embargo, me levanté y le pedí que me esperara. Me dirigí a la barra y le pregunte al barman
-          ¿Campeón, no me darías la llave del baño? El tipo me miró, y torciendo la jeta me dijo:
-          No pibe, los dos baños están clausurados, estamos esperando al plomero.
La noticia, me cayó más pesada que el café y en ese preciso momento me cague hasta los garrones. Sólo atine agarrarme de la barra, el sudor frio me corría por la espalda y por la cara. La mire a Amalia, y como yo no atinaba a volver a la mesa ella vino a mí, y pregunto:
- ¿Roberto, estás bien? Y luego agregó  ¡Ummm, Roberto… que olor!
Con mucha vergüenza tuve que aceptar la ayuda ofrecida por Amalia, ella vivía en Callao y Arenales, y mi casa quedaba en Floresta. Viajar en el ferrocarril Sarmiento todo cagado hubiera sido un poco incomodo. Lave mi ropa en la bañadera del departamento de Amalia sin dejar rastros orgánicos en ningún lado, y luego ya que estaba me bañe. Hasta que se secaron el pantalón, el calzoncillo y las medias,  ella me prestó una bata de algún novio pretérito, cuyo nombre nunca quise preguntar. Cuando la incontinencia me atacó en el bar, lo primero que pensé es que esa sería la primera y la última cita con mi rubia. Sin embargo la cursiadera sello nuestro amor para siempre, pues abrevió muchos pasos. No hay mal que por bien no venga. De buenas a primeras me encontré, en la intimidad con la rubia, apenas cubierto por una bata, recién bañadito y exhibiendo los enrulados pelos de mi ancho pecho. Acostumbrado a manguear perfumes, me puse un poco de Lady Million de Paco Rabanne. Amalia no lo pudo resistir.
Hace cinco años que vivimos juntos, es más, voy a estar con ella toda la vida. Amalia disfruta contando a los cuatro vientos los pormenores de nuestro primer encuentro en el bar, y a mí me da un poco de vergüenza, pero más traumático hubiera sido perderla.   

viernes, 9 de septiembre de 2011

Tormenta de ideas y emociones

Tormenta de ideas y emociones
Sedentarismo frágil, o mejor inexistente
Mar de sensualidad y curvas
Pasos de baile y vuelos marciales
Patadas peligrosas
Piruetas, títeres, cartón y teatritos
Madre tierna e  infinita…
Mujer cuyo fuego jamás se consume
Piel… amor y hacer el amor
¡Geral!

viernes, 2 de septiembre de 2011

Martin Fierro y Asado



Los primeros locales terminados se habían alquilado, pero la construcción de la Galería Chosica distaba mucho de haber llegado a su fin. Los andamios y tablones convivían con la actividad de la Farmacia Spiner y los mejunjes para impermeabilizar techos que don Meni Battaglia vendía en uno de los locales del fondo. Para entonces los asados de camaradería eran habituales entre mi familia los inquilinos y los obreros. Mi padre conseguía un cordero o un lechón en el campo, y Jorge Alberto Benavidez  lo hacía al asador con una maestría que aún conserva.  Jorge era uno de los trabajadores venidos de  Lobería, pero se ageseló,  porque hace cuatro décadas que vive en Villa  Gesell. Cuando tengo suerte, de tanto en tanto, todavía disfruto de sus memorables asados.
Algunos comían de pie con un cuchillo y un pan, y otros se sentaban sobre algún cajón de gaseosa,  balde de pintura o lo que podían.  El banquete siempre se prestaba para las historias descabelladas o los chistes, que surgian a medida que las damajuanas de vino iban ayudando a soltar las lenguas de los cuentitas.  Uno de los relatores más bolaceros era  Morrito Martinez, un loberense avenido a albañil, porque en su pago después de la quiebra lo perseguían los acreedores. Por lo tanto andaba por Gesell medio escondido. Martinez no era un delincuente, era un hombre que había tenido la mala suerte de perder su campo. Eran unas pocas hectáreas pero le servían para mantener a su familia. Se había empeñado y quedado en la ruina. De albañilería no sabía nada, pero mi padre de todos modos lo había contratado para darle una mano.  Morrito, a pesar de su desgracia era un tipo divertido y tenía alegría de vivir. Sus historias de paisanos, vacas y siembras, siempre eran exageradas y delirantes, pero muy graciosas.  A nadie le importaba que fueran mentiras o verdades.
Los asados fueron muchos, pero hubo uno en particular que me hace recordar una anécdota imborrable. Ya habíamos comido y estábamos pelando las naranjas, Morrito ya había hecho gala de sus habilidades como cuentista. Fue entonces cuando Don Meni Battaglia, dijo:
-          Si hablamos del campo argentino, no podemos olvidar la obra cumbre de la literatura gauchesca. Yo me sé de memoria todos los versos de Martin Fierro, porque soy gran admirador de José Hernández.
Y paso seguido, aprovechando la gota de silencio que había caído,  don Meni comenzó a recitar….
                        Aquí me pongo á cantar
al compás de la vigüela1,
que el hombre que lo desvela
una pena estrordinaria,
 como la ave solitaria
con el cantar se consuela.


Al principio los versos de Hernández llenaron de argentinidad los corazones de los comensales, quienes veían  a Meni Battaglia como un hombre lleno de sapiencia. De a ratos parecía que el que recitaba era el mismísimo viejo vizcacha.  Pero las estrofas y los versos se fueron sucediendo, y cuando todo el mundo pensaba que viejo Meni iba dar por finalizado su recitado, eso no sucedía.  Battaglia continuaba como poseído por el alma de Fierro. El vino comenzaba a castigar con los efectos de la modorra a los concurrentes, pero nadie se atrevía a retirarse por miedo a herir al payador reparador de techos. Mi padre conocía muy bien la obra de José Hernández, y de hecho era habitual que recitara en cualquier momento algún pasaje a modo de sentencia o enseñanza. Sin embargo su amor por la literatura gauchesca de ningún modo superaba a su amor por la siesta. El siempre decía la siesta es uno de los grandes placeres de la vida, y encima es gratis. Fue así que sin el menor sentimiento de culpa dijo:
-          ¡Muy interesante, muy interesante …  Don Meni!¡ ¡Lo felicito, pero me va tener que disculpar… Yo me voy a dormir la siesta!
Luego de la retirada de mi padre, se produjo el desbande. Los concurrentes  se fueron yendo uno a uno, sin interrumpir  desaparecieron. La única persona que quedo sentada  al lado de Don Meni Battaglia, fue Morrito Martínez.  El recitador no se desalentó por la deserción del público, Martínez lo escuchaba y para él eso fue suficiente. El ritmo y la cadencia de los versos se hacía cada vez más monótona y aburrida. Morrito, cabeceaba de sueño y lo miraba a Meni con los ojos extraviados  desde sus anteojos culo de botella.  Cuando parecía que Martinez se iba caer dormido del cajón donde estaba sentado, Don Meni Bataglia dijo:
Pero ponga su esperanza
en el Dios que lo formó;
y aquí me despido yo
que he relatao á mi modo
|                       MALES QUE CONOCEN TODOS
PERO QUE NAIDES CONTÓ.
Y luego agregó…
-          Bueno, amigo Morrito, dejemos “La Vuelta de Martin Fierro” para otro día. Se me ha secado un poco la garganta luego de recitar dos mil trescientos dieciséis versos ¡Lo felicito, veo que usted es un hombre de campo sensible al sentimiento gaucho!
Morrito lo miró con piedad, pero no pudo evitar ser sincero…..
-          ¡No! Lo que en realidad lo que pasó… Don Meni…  Es que usted está sentado arriba de mi gorra. Yo no lo quería interrumpir… Por eso me quede y no me  fui a siestiar .