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Juan Pablo Roncoroni, Villa Gesell. Tengo varios blogs que versan sobre distintas cosas... la cerveza, el placer de viajar con mi mujer y mis hijos... y otros temas.

viernes, 14 de septiembre de 2012

¿Dónde aprendí a putear?

            





¿Dónde aprendí a putear?

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Martita puteó toda su vida, hoy a los 83 años lo sigue haciendo. No tiene ningún problema en bajar con la manivela la  ventanilla de su Suzuki Fun mientras maneja, para espetarle al tipo que la encerró ¡Boludo quién te enseñó a manejar! Suele realizar una operación similar, pero a modo de saludo, cuando se cruza con alguno de sus nietos ya hombres. Les grita sin más: ¡Puuuuto! Y los muchachos responden muertos de risa ¡Vieja puuuuta! Siempre hay algún amigo desorientado que pregunta ¿Quién esa señora que te gritó desde el auto? Los nietos de Martita responden orgulloso ¡Es mi abuela!  No sé dónde aprendió, pero debo decir que putea con clase. Sus expresiones siempre se detienen en el escroto masculino y jamás hacen referencia al pene. Eso sería una grosería para una señora educada en el Colegio Bilingüe Cinco Esquinas del pituco Barrio Porteño de La Recoleta. Cuando muy de vez en cuando hace referencia a partes pudendas femeninas sólo se acuerda de la lora. Siempre recuerdo a mi madre impartiendo órdenes con un inmenso cariño pero a las puteadas, para que nos levantemos, vistamos, comamos, estudiemos, hagamos las compras, y un millón de etcéteras.

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Mi relación con el adoctrinamiento académico, que algunos llaman educación, no fue casi nunca placentero. En el jardín de infantes, cuando mi familia vivía en Lobería, logré revelarme cagando a patadas a la maestra. En ese entonces sólo era obligatoria salita de cinco años. Pero yo tanto lloré y patalié que mis padres decidieron no mandarme. Las maestras jardineras se sintieron muy felices, y yo pude recuperar esa etapa escolar recién cuando mis propios hijos fueron al jardín. Al primario lo comencé en la Escuela Nº 12 (hoy número 1) de Villa Gesell. Primer grado no se repite pero mi performance fue tan pobre, que mi madre dijo: ¡Este chico no sabe nada! Entonces decidió reinscribirme nuevamente en 1er grado, al año siguiente, en el Colegio San Patricio.  Allí la tortura continuó, yo no quería saber nada con letras y números, es más decía que quería ser pintor de cuadros porque no hacía falta leer ni escribir. Para colmo de males también me agregaron inglés. No entendía ni jota en castellano y pretendían que aprendiera inglés. Cuando a los tropezones llegué a segundo grado, la “S” con la “A” SA, mi mamá me mima o me ama, 2 x 2 son 4, la teacher, el blackboard, los dogs y los cats, me tenían las pelotas llenas.  Era la reencarnación de Friedt, aquel niño del poema de Baldomero Fernandez Moreno, yo también quería jugar, treparme a los árboles y sobre todo dibujar. De hecho esto último es lo que hacía en clase mientras, la introducción a la gramática y aritmética sonaban como un murmullo incomprensible que distorsionaba mi pequeño mundo.  Una vez estaba empeñado en pintar un buggy con ruedas patonas que había dibujado orgulloso, cuando Ana Sánchez mi maestra harta de mi desinterés por lo pretendía enseñarme, me quito el dibujo. Acto seguido me mando a la dirección con mi cuadernito para que copiara y repitiera hasta el cansancio unas palabras que ella había escrito. Cuando llegué a la dirección le revolié  el cuaderno por la cabeza a la secretaria que en ese momento estaba ocupada llenando planillas. La pobre mujer no entendía nada de lo que pasaba. Y menos comprendió cuando grité lleno de rabia ¡La puta que lo reparió! Fue entonces cuando salí corriendo como un demonio, crucé el patio, superé el alambrado que dividía el colegio con el terreno vecino, y luego me subí como un gato a un pino enorme. Me hice fuerte en la posición encaramado en el frondoso ramaje del árbol y resistí como el Batallón de Infantería de Marina Nº 5 el desembarco inglés en San Carlos. Ana Sánchez y otras maestras me gritaban que bajara. Yo les respondía que me dejaran de joder, que no me rompan las pelotas, que se vayan a la mierda, que eran todas unas reverendas hijas de puta… No conforme con los improperios recurrí al contundente armamento que me brindaba el pino. Les arrojé todas las piñas que pude, tal es así que ninguna se animó a trepar para bajarme. En un momento aprovechando la momentánea retirada del personal docente, bajé raudamente del pino, atravesé un médano vecino y gané la calle. Una vez en esta no paré de correr hasta mi casa. No había ganado la guerra pero sí había peleado con valor y honor en una batalla.

Al día siguiente tuve que ir al colegio acompañado de mi mamá. Me pegaba a ella y no le soltaba la mano ni loco, estaba otra vez detrás de las líneas enemigas. Mamá me soltó la mano y me dijo: Acá está tu maestra, enfrente la mirada de Ana esperando encontrar ira en sus ojos sin embargo ella me miró con dulzura y me dijo Juan Pablo… ¿Qué te pasó? Me llené de lágrimas, ella se puso en cuclillas y me las secó con el revés de su mano. Debo decir que a partir de ese momento mi relación con Ana mejoró considerablemente. La tuve como maestra en varios grados. Ella comenzó a construir, leyéndome Mi Planta de Naranja Lima, mi edificio literario. Ana sentó las bases, Mari Pinchiloti y Sonia Petrini en el secundario pusieron los ladrillos, y en la facu el profe Romano me revocó un poco.

Ana y Martita se pusieron a hablar. La maestra manifestó que yo era un chico tranquilo, bueno, creativo a la hora de dibujar, pero imposible cuando se tratara de leer, escribir o hacer cuentas. También dijo que francamente no entendía que me había pasado el día anterior. Además agregó, que estaba altamente sorprendida por el vocabulario que yo había utilizado durante mi exabrupto. Y se preguntaba dónde habría aprendido todas esas palabrotas.

Mi madre ensayando su mejor cara de pelotuda, le dijo: ¡Ah… no sé Ana, no tengo la menor idea! Qué cosa ¿No?

 

Nota: Ana Sánchez, para que la ubiquen es la madre del Emiliano Masor. Propietario del Bar Torino. Los Geselinos la ubican más fácilmente como Ana Masor, sin embargo Masor era el nombre de su marido no el de ella. Yo me acuerdo que se llamaba Sánchez porque en segundo grado el primer día nos hizo copiar del pizarrón: Mi maestra se llama Ana Sánchez.   

            

 

   




 

   

jueves, 6 de septiembre de 2012

La Panadera

Aquel domingo por la tarde, la señora de la panadería cruzo la plaza que está a media cuadra de mi casa.Cuando me vió me sonrió y agitó enérgicamente la mano para saludarme. Me produjo sorpresa que caminara decidida y con paso firme. La vi de lejos, pero me pareció que desbordaba de salud. La última vez que la había visto en la panadería me alarmo el color amarillo de su piel y el desgano que tenía para arrastrar la vida.En el barrio se comentaba que tenía un cáncer en el hígado y que le quedaba poco tiempo de vida.No obstante aquella soleada y serena tarde pasóhaciéndose camino entre los pastos largos de la plaza. Lamisma plaza que usaba su marido, el panadero, para varear sus caballos. Allí el hombre, parco con los humanos, logra una comunicación mágica conlos pingos. Es dueño de una paciencia infinita, jamás los castiga pero los trata con firmeza, y les habla al oído ¿Siempre me pregunte qué les dirá? Pero ese misterioso domingo no fue a él a quien vi, sino a su mujer. La señora no me habló, se limitó a saludarme con la mano y a mirarme transmitiendo simpatía y paz.


El martes de la siguiente semana fui a la panadería porque necesitaba dos kilos de miñones y uno de flautas. Pero también con cierta alegría al imaginarme que mi vecina estaba un poco mejor, y quizás se pudiera abrigar alguna esperanza. Me atendió una de sus dos hijas como casi siempre. Tímido, primero pregunte por su padre “el domador”. La chica, sin mucho entusiasmo, me dijo que andaba bien. Entonces me animé y pregunte:

- ¿Cómo anda tu mamá? ¿Mejor?

- Falleció…el miércoles pasado.