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viernes, 2 de septiembre de 2011

Martin Fierro y Asado



Los primeros locales terminados se habían alquilado, pero la construcción de la Galería Chosica distaba mucho de haber llegado a su fin. Los andamios y tablones convivían con la actividad de la Farmacia Spiner y los mejunjes para impermeabilizar techos que don Meni Battaglia vendía en uno de los locales del fondo. Para entonces los asados de camaradería eran habituales entre mi familia los inquilinos y los obreros. Mi padre conseguía un cordero o un lechón en el campo, y Jorge Alberto Benavidez  lo hacía al asador con una maestría que aún conserva.  Jorge era uno de los trabajadores venidos de  Lobería, pero se ageseló,  porque hace cuatro décadas que vive en Villa  Gesell. Cuando tengo suerte, de tanto en tanto, todavía disfruto de sus memorables asados.
Algunos comían de pie con un cuchillo y un pan, y otros se sentaban sobre algún cajón de gaseosa,  balde de pintura o lo que podían.  El banquete siempre se prestaba para las historias descabelladas o los chistes, que surgian a medida que las damajuanas de vino iban ayudando a soltar las lenguas de los cuentitas.  Uno de los relatores más bolaceros era  Morrito Martinez, un loberense avenido a albañil, porque en su pago después de la quiebra lo perseguían los acreedores. Por lo tanto andaba por Gesell medio escondido. Martinez no era un delincuente, era un hombre que había tenido la mala suerte de perder su campo. Eran unas pocas hectáreas pero le servían para mantener a su familia. Se había empeñado y quedado en la ruina. De albañilería no sabía nada, pero mi padre de todos modos lo había contratado para darle una mano.  Morrito, a pesar de su desgracia era un tipo divertido y tenía alegría de vivir. Sus historias de paisanos, vacas y siembras, siempre eran exageradas y delirantes, pero muy graciosas.  A nadie le importaba que fueran mentiras o verdades.
Los asados fueron muchos, pero hubo uno en particular que me hace recordar una anécdota imborrable. Ya habíamos comido y estábamos pelando las naranjas, Morrito ya había hecho gala de sus habilidades como cuentista. Fue entonces cuando Don Meni Battaglia, dijo:
-          Si hablamos del campo argentino, no podemos olvidar la obra cumbre de la literatura gauchesca. Yo me sé de memoria todos los versos de Martin Fierro, porque soy gran admirador de José Hernández.
Y paso seguido, aprovechando la gota de silencio que había caído,  don Meni comenzó a recitar….
                        Aquí me pongo á cantar
al compás de la vigüela1,
que el hombre que lo desvela
una pena estrordinaria,
 como la ave solitaria
con el cantar se consuela.


Al principio los versos de Hernández llenaron de argentinidad los corazones de los comensales, quienes veían  a Meni Battaglia como un hombre lleno de sapiencia. De a ratos parecía que el que recitaba era el mismísimo viejo vizcacha.  Pero las estrofas y los versos se fueron sucediendo, y cuando todo el mundo pensaba que viejo Meni iba dar por finalizado su recitado, eso no sucedía.  Battaglia continuaba como poseído por el alma de Fierro. El vino comenzaba a castigar con los efectos de la modorra a los concurrentes, pero nadie se atrevía a retirarse por miedo a herir al payador reparador de techos. Mi padre conocía muy bien la obra de José Hernández, y de hecho era habitual que recitara en cualquier momento algún pasaje a modo de sentencia o enseñanza. Sin embargo su amor por la literatura gauchesca de ningún modo superaba a su amor por la siesta. El siempre decía la siesta es uno de los grandes placeres de la vida, y encima es gratis. Fue así que sin el menor sentimiento de culpa dijo:
-          ¡Muy interesante, muy interesante …  Don Meni!¡ ¡Lo felicito, pero me va tener que disculpar… Yo me voy a dormir la siesta!
Luego de la retirada de mi padre, se produjo el desbande. Los concurrentes  se fueron yendo uno a uno, sin interrumpir  desaparecieron. La única persona que quedo sentada  al lado de Don Meni Battaglia, fue Morrito Martínez.  El recitador no se desalentó por la deserción del público, Martínez lo escuchaba y para él eso fue suficiente. El ritmo y la cadencia de los versos se hacía cada vez más monótona y aburrida. Morrito, cabeceaba de sueño y lo miraba a Meni con los ojos extraviados  desde sus anteojos culo de botella.  Cuando parecía que Martinez se iba caer dormido del cajón donde estaba sentado, Don Meni Bataglia dijo:
Pero ponga su esperanza
en el Dios que lo formó;
y aquí me despido yo
que he relatao á mi modo
|                       MALES QUE CONOCEN TODOS
PERO QUE NAIDES CONTÓ.
Y luego agregó…
-          Bueno, amigo Morrito, dejemos “La Vuelta de Martin Fierro” para otro día. Se me ha secado un poco la garganta luego de recitar dos mil trescientos dieciséis versos ¡Lo felicito, veo que usted es un hombre de campo sensible al sentimiento gaucho!
Morrito lo miró con piedad, pero no pudo evitar ser sincero…..
-          ¡No! Lo que en realidad lo que pasó… Don Meni…  Es que usted está sentado arriba de mi gorra. Yo no lo quería interrumpir… Por eso me quede y no me  fui a siestiar .